La conquista de lo 'cool': el supercóctel de masas

«El fin del mentiroso, que estriba sobre todo en seducir, en encantar, en dar placer, es la base misma de la sociedad civilizada». Oscar Wilde, 'El arte de la mentira'

Alfonso Maya y Alejo Saade disertan sobre el kitsch y la coctelería de masas./
Alfonso Maya y Alejo Saade disertan sobre el kitsch y la coctelería de masas.
ALFONSO MAYAAlexander Cocktail Bar&SpeakEasy Club

Existe por una minúscula parte de nuestro sector -quizás la minoría de la minoría- una preocupación por la mentira específicamente artística: el kitsch. Una mentira que en este caso no es contraria a la verdad, sino a lo genuinamente auténtico. Una autenticidad, por otro lado, no sólo o no tanto equivalente a la originalidad (la obra kitsch pertenece a su autor, y no hay dudas sobre su paternidad: no se trata casi nunca de un burdo plagio perseguible), sino a la lealtad: lealtad al material manipulado, que sufre retorcimientos estéticamente intolerables, y lealtad al público, de quien se desconfía de su capacidad para remontarse de los símbolos a aquello simbolizado por ellos. Una categoría estética tan resbaladiza como hipnótica que se podría asumir como una falsificación doble. Por un lado, la comete el artista moderno que sustituye la imitación del acto de imitar (la autorreferencialidad y reflexión sobre el procedimiento artístico muy propias de las vanguardias) por la imitación del efecto de la imitación (la búsqueda a cosa hecha no de sentido y sensibilidad, sino de sentimentalismo y sensiblería, la fabricación de la reacción esperada). Por otro, la comete el público perezoso que disfruta no de la obra, sino de ese efecto prefabricado y servido junto a ella. En el fondo, en realidad, disfruta de sí mismo, de la licuefacción y borboteo íntimo de su yo en el caldo de una obra que le asegura vibrar en su misma longitud de onda y lo atrapa en la magia homeopática del efecto que ella misma pone en acción: la risa, el llanto, la indignación, el terror, la piedad. ¡Menudo cóctel!

El kitsch es un sucedáneo de la obra de arte: pretende asegurar el goce sin pasar por la aduana del descubrimiento, de la experiencia y del juicio de gusto. No seguro de su valía, el 'cocktail kitsch' (o el 'local kitsch') debe incluir, representada, la reacción que debe suscitar, no dejarla al albur del público. Pero no sólo eso, ese efecto debe ser encarecido, señalizado, debe tener su propia promoción. El kitsch es a la vez un prospecto farmacéutico y un folleto publicitario de la fruición estética. Un «¡emociónese usted así!».

Identificar el kitsch con la cultura de masas en su conjunto sería una simplificación. Por un lado hay productos culturales masivos que tienden sin duda a la provocación de efectos provocados casi sin mediación que no aspiran a ninguna elevación y, por lo tanto, no pueden traicionarla. Por otro, el gran arte de todos los tiempos no ha renunciado nunca a la provocación de efectos en el receptor. Y finalmente, el arte medio, en una sociedad industrial de masas, sale al encuentro de su público y facilita la descodificación del mensaje, sin pretender suplantar experiencias artísticas más elaboradas y exigentes, sino sirviendo de mediación facilitadora. Lo cual parece muy razonable y saludable.

El kitsch, por tanto, debería reservarse a la mentira artística maliciosa, la que «para justificar su función estimuladora de efectos, se recubre con los despojos de otras experiencias, y se vende como arte sin reservas», aquella que es incapaz de integrar estructuralmente el cocktail culto de estilemas ajenos en un nuevo contexto, demasiado débil para soportarlos, la que pretende hacer pasar ese cocktail de contrabando, como invención original, y encarecerlo como logro artístico. Umberto Eco en cierto modo invierte los términos: el verdadero melodrama kitsch es la enmienda a la totalidad de la cultura de masas que enarbola la crítica selecta, y por lo tanto ésta encarna la falsedad al tiempo más genuina y más sibilina. La jeremiada apocalíptica representa la manifestación mal disimulada de una pasión frustrada, de un amor traicionado; más aún, como la exhibición neurótica de una sensualidad reprimida, semejante a la del moralista que, denunciando la obscenidad de una imagen, se detiene así larga y voluptuosamente en el inmundo objeto de su desprecio, traicionando así con este gesto su auténtica naturaleza de animal carnal y concupiscente». Son disquisiciones estas sobre la 'Estética del mal gusto'. Para el crítico de corte 'modernista' el arte popular no es arte, porque la popularidad misma bloquea su aspiración a la excelencia, porque la popularidad requiere complacer a las masas y no elevarse sobre ellas (Eco diría: «El arte popular es consolatorio, no nutritivo»).

En Nochevieja, Alexander Cocktail Club&SpeakEasy Bar les sorprenderá con un cocktail que -'nerds' del cóctel aparte- es una brillante variación de la receta original de 1887 de Jerry Thomas y su Morning Glory, pudiéndose sustituir el triple seco por licor St-Germain de flor de saúco, maraschino o incluso por un licor de jengibre (o de raíz de galanga) de calidad como el de la gama alta de Giffard.

Morning Glory Royale

-1/4 oz absenta

-1 oz coñac

-1 oz Rye Whiskey

-1/2 oz Pierre Ferrand Triple Seco

-1 golpe de sirope flor de jazmín de Don Julio

-1 golpe de Boker's Bitters o Angostura Bitters en su defecto

-1 oz de vino espumoso seco

-Decoración: twist de limón o guinda luxardo al maraschino

Elaboración

Añadimos la absenta a una copa tipo 'coupe' y descartamos el exceso (técnica de rinsear un vaso para aromatizar). En un vaso mezclador lleno de hielo de Sierra Nevada, añadiremos el coñac, el whiskey americano de centeno, el triple seco, el sirope casero y los bitters aromáticos-catalizadores. Removeremos doce veces a gran revolución como las doce campanadas de Nochevieja y verteremos en la copa previamente rinseada. Haremos a continuación un top con el vino espumoso y añadiremos la decoración. ¡Feliz entrada de año! Y no olviden reservar para comenzar el año genuinamente: compartiendo un cocktail con la mejor de las compañías.