Saber atender, guisar, un arte y comer en el extranjero

Ya estamos en marzo y muchos planean una escapada en Semana Santa. Busque en Internet y después vaya a una agencia de viajes. Cierto que Internet ofrece precios golosos, pero, si tiene un problema, le pueden dar mucho viento. También valoro mucho la atención en hostelería... y a veces se exageran las noticias. Cosas que pasan

Saber atender, guisar, un arte y comer en el extranjero
PABLO AMATEPREMIO NACIONAL DE GASTRONOMÍA A LA MEJOR LABOR PERIODÍSTICA

Una persona, encantadora por cierto, tenía interés en que conociera este bar. Enclavado en el barrio de la Virgen en la estrecha calle de San Pedro Mártir. Y fuimos. El sencillo local ya avisa a unos metros su canto -aroma- de sirena por el extractor de aire en cocina. Sus efluvios del pescadito frito atrapan la calle y a sus paseantes. Se llama Bar Albergue y creo que el caballero que atiende la barra solo con su sonrisa sincera se llama Luis. Me habían advertido de que siempre está lleno; y no erró la indicación. El local hasta 'la bandera', pero la gente se organizaba bien. Tiene unas pocas mesas y una barra con tres frentes que el jefe atiende veloz, con el gesto afable, asunto que a mí me sorprendió gratamente, por lo poco habitual en muchos camareros, con una velocidad y memoria irreprochable. Sus tapas mantienen el orden de no repetirse jamás. Y son muchos los que piden platos y raciones de su carta, basada en ellas o en sus otros productos. Eso sí, hay ruido, pero alegre.

Tiques asesinos

La noticia ya se divulgó hace meses y surgió a partir de los estudios de un departamento concreto de la Universidad de Granada, tras haber realizado los estudios pertinentes. Según leí, no se negaba la evidencia de que ciertos tipos de tiques de establecimientos contenían el 'asesino' bisfenol-A. La preocupación cundió entre la sociedad. Pero analizando realmente el uso y consumo de esos recibos de compra, otros científicos declararon que sería necesaria una ingesta y contacto obligatorio de una cifra muy grande de papelitos, que la mayoría de personas tiran o ni siquiera recogen al realizar la compra. Y creo que mucho menos que se los comieran o lo restregaran con la lengua para que fuese venenoso.

El bisfenol-A está presente en cosas muy usadas como el plástico policarbonato (usado en CDs, DVDs, carcasas de ordenadores, electrodomésticos, etc.) o las resinas epoxi, que recubren el interior de muchas latas de comida y bebida, y que se integran también en muchas pinturas y recubrimientos de superficies, pegamentos muy usados en construcción y decoración, etc. También en empastes de dientes. Y puede encontrarse como aditivo en otros plásticos diferentes del policarbonato. Como en la gran mayoría de productos químicos, su peligro está en la cantidad que se tome.

Bilbaínos duros

Recuerdo cuando un turista o forastero recalaba en una bar de carretera. Le solían clavar una cuenta colosal, con la excusa de que no iba a volver por allí en su vida. Otro de los bulos era que donde había camiones aparcados se comía bien y barato. Ese tema ya lo traté. Pues bien, hace unas semanas tuve que ir al Zaidín y entré en una panadería a comprar una barra. Y vi en su vitrina interior un 'bilbaíno'. Para muchos jóvenes, diré que era un bollo dulce muy habitual en las confiterías de los años 60/70. Comenté con la panadera que hacía años que no los veía y lo compré. Al llegar a casa le 'tiré un pellizco'. Y estaba duro como una piedra. Me sentí soezmente engañado por esa panadera que me lo vendió a sabiendas (era el único que tenía en la vitrina) de que lo tenia de un par de días, como mínimo. ¿Engañar por un euro?

Arte de guisar

El otro día, una televisión mostraba la importancia que tenía mantener los guisos de siempre, pues como en la pintura, primero hay que saber dibujar y luego, con esa formación se puede intentar buscar un estilo propio. Asunto que anda 'jodidillo', pues no hay nada nuevo bajo el sol; aunque algunos acaban de saber que la tierra es redonda. Algunos, o muchos 'algunos'. Todo esto va porque una guapa gitana estaba hablando a cámara de los platos calés, enseñando a un joven cocinero payo cómo había que hacerlos. Termina el guiso y la presentadora pregunto a la gitana: «¿Qué tal está?» Lo probó y puso una cara muy rara. Velozmente, el novel cocinero espetó: «¡Muy rico!» Para la mirada que le echó la gitana no tengo vocablo.

Londres para comer

Comienzo a dar pistas para los que vayan a Londres en Semana Santa. Voy mucho a la 'city' por motivos profesionales y afirmo que no son cariñosos con los extranjeros. Y bien que les gusta a los que vienen aquí - ya veremos hasta cuándo- que los tratemos bien. Aunque la verdad es que en España hacen sus 'guetos' y no se integran con la población española, solo para ir a la Seguridad Social. Hasta que el 'Brexit' nos separe. Los ingleses sí tienen culinaria autóctona. Muy parca y limitada. Reiterativa, dado que no le dan importancia al condumio. Son capaces de comer en el mismo pub dos meses lo mismo. Y lo insólito es que cuando vienen a España, por ejemplo, les vuelve locos la tortilla de patatas, el pescado frito o plancha y las torrijas en el amplio sentido de la palabra. Pues algunos las comen y las beben. Aquí sale muy barato.

Hay una zona que conocí decrépita y hoy está de moda: Covent Garden. Animado, música y turistas con algún indígena local. Oferta de pizzas y algún restaurante con buenas carnes. En Trafalgar Square hay un local que oferta la buena carne de Aberdeen. Son como una franquicia, y por la zona puede probar todo tipo de cocinas étnicas. La india y la oriental están muy representadas. No vaya a estrellas Michelin. Le van a poner lo mismo que si comiera en Madrid o Copenhague, en uno de su misma categoría, pero la cuenta va en libras, y dejan las Visas tiritando. Si usted quiere algo bueno, verlo venir en un sitio divertido, hacer compras y recordar a Lady Diana, coma en Harrods. Estos famosos almacenes disponen de cinco restaurantes con diferentes tipos de cocina. Todo limpio y seguro.

Cuando nadie los ve

Vi en carta de un restaurante 'langostinos en tempura'. Me interesó la idea y pedí una copa de amontillado. Solo con la cara de asombro del camarero supe que no sabían lo que pedía. Tuve que conformarme con una copa de Rueda Verdejo. Y aparecieron los langostinos, puede que congelados, pero correctos en textura y tempura. Pero al primer mordisco noto un sabor chocante, raro, absurdo. Pregunté al camarero si podía consultar al cocinero qué tenían los langostinos que no captaban mis papilas. Y tuve la suerte de que salió el joven cocinero con una gran sonrisa y me indicó que le gustaba haberme sorprendido. Yo respondí: «Y tanto, porque los langostinos son de buen porte, pero congelados, ¿verdad?» El chef confirmó lo que yo había intuido. Y pregunté: «¿El otro sabor que aprecio, qué es?» Y feliz como una perdiz, me dijo que era ralladura de coco, y que la receta la había copiado de un periódico de Sevilla. Y, «¿a usted le gustan así?», consulté al cocinero. Su respuesta fue: «Yo la verdad es que ni las he probado, soy más de papas con huevos». ¡Ole, ole y ole mi señorito!