El sabor de la norteamérica eterna

Nos alojábamos en un hotel molón de Manhattan, pero queríamos pasar el mayor tiempo posible en la calle, por lo que salimos a desayunar. Fue un flechazo

El sabor de la norteamérica eterna
JESÚS LENS

Al llegar a casa, volví a leer 'Los asesinos', el cuento de Hemingway que comienza con dos tipos que entran en un típico Diner, se sientan a la barra e inician un diálogo repleto de amenazas y dobles sentidos con Henry, el dueño del local.

Venía del 'Bronx Diner', un nuevo garito que acaba de abrir sus puertas hace unos días en la calle Sol esquina con Pedro Antonio de Alarcón. Todavía tarareaba el 'rock and roll' clásico que suena en su hilo musical y me apetecía seguir prolongando la experiencia, por lo que me sumergí en las páginas de uno de los grandes cuentos de la narrativa estadounidense, cuya acción transcurre casi íntegramente en una modalidad de restaurante muy poco habitual en nuestra geografía, pero al que los cinéfilos estamos muy, pero que muy acostumbrados.

Los cinéfilos y los no tan cinéfilos. Por ejemplo, ¿quién no ha traspasado las puertas del Phillie's alguna vez en su vida para sentarse junto al solitario personaje que nos da la espalda en uno de los cuadros más famosos de Edward Hopper? Hablando en sentido metafórico, por supuesto.

«Huevos, salchichas y una rebanada de pan tostado. Café, un panecillo y puré de patatas. Chile, hamburguesas y patatas fritas. Y de postre, ¿qué tipo de tarta os apetece?» Lo canta Tom Waits, con su proverbial voz rota, en el tema central de una grabación memorable, 'Nighthawks at the diner', un disco en directo cuya portada se ha convertido en mi favorita de todos los tiempos. Una portada que es un trozo de realidad, un fragmento de vida. Una portada que, ahora, se puede experimentar en el corazón de Granada.

Hablo con Rafael Arroyo, el reputado chef del restaurante El Claustro, que está detrás del Bronx Diner, y me cuenta que, cuando termina el curro, a la gente joven de la hostelería le gusta pringarse, comer con las manos: bocadillos, perritos, alitas, costillas, nachos o hamburguesas. Y que eso es lo que ofrece el 'Bronx', pero partiendo de dos premisas esenciales: productos de calidad excelsa y todo, absolutamente todo, cocinado en el local.

Sigue sonando el 'rock and roll' y, por un momento, tengo la sensación de que va a entrar el sheriff, tocado con su Stetson de ala ancha. Pienso que se va a sentar en la mesa de al lado y me va a saludar con un condescendiente «¿cómo va eso, hijo?», mientras deja el sombrero en el asiento contiguo. Tampoco me extrañaría que entraran Humphrey Bogart y Lauren Bacall o, más contemporáneos, Uma Thurman y John Travolta con hambre voraz, después de ganar un trofeo de baile. O, algo más inquietantes, los protagonistas de 'Reservoir Dogs', que seguirían discutiendo por el sentido del 'Like a Virgin' de Madonna y argumentando la necesidad de dejar buenas propinas en bares, cafeterías y restaurantes.

Rafa cree que los Diner se van a poner a de moda en nuestro país. ¡Ojalá! Siempre y cuando sean espacios con alma, no meros decorados con un diseño retro, estridente y trufado de colores chillones.

Un buen diner necesita generar una determinada atmósfera, especial y única. Un ambiente familiar, cálido y cercano, pero en el que uno también pueda estar a su aire, sin llamar la atención. Como el forastero que entra por primera vez en un garito y, al poco rato, se siente como un parroquiano de toda la vida... sin necesidad de dar explicaciones sobre qué le ha llevado allí.

Nos pasó en Nueva York, hará unos diez años, precisamente en Semana Santa. Nos alojábamos en un hotel molón de Manhattan, pero queríamos pasar el mayor tiempo posible en la calle, por lo que salimos a desayunar. Fue un flechazo instantáneo. ¡Un diner como los de las películas!

Nos atendió una camarera de origen latino que, con sus zapatillas de deporte, corría más rápido que Allyson Felix. Nos sirvió en un santiamén uno de esos contundentes desayunos que uno espera disfrutar en un diner: huevos, salchichas, bacon y hasta judías, además de tostadas y mantequilla. Y, efectivamente, no dejaba de venir a llenarnos nuestras tazas, una y otra vez, armada con una gran cafetera de vidrio.

Volvimos al día siguiente. Llevábamos un ejemplar de The New York Times y otro del The New Yorker. Buscamos con la mirada a la misma camarera y, cómplice, nos acomodó en una de 'sus' mesas. Nos regaló una sonrisa de tamaño XXL, nos gastó una broma amable, nos dedicó un par de preguntas simpáticas y... ¡nos hizo sentir que ya formábamos parte de la Gran Manzana!

Un diner es mucho más que un restaurante de comida rápida. Se trata de un pedazo de historia que, a partir de la decoración, los menús, la música y la comida, funciona como una máquina del tiempo que nos transporta a una Norteamérica eterna. A los Estados Unidos más cinéfilos, musicales y literarios. Un local donde soñar con viajes por la Ruta 66, Jack Kerouac y la célebre tarta de cerezas de 'Twin Peaks'.