Destinos con sabor

Baja la calidad, suben los precios

PABLO AMATE

Ni alarmo ni generalizo. Todo lo que cuento, es vivido, padecido y sufrido. Para su asombro y el mío. Ahora ya se viaja de trabajo, mucho más. Por tanto, utilizamos los medios logísticos y hostelería habituales. Por cronología comienzo en un bonito y señorial pueblo andaluz. Lunes al mediodía y el dueño decide diseñar nuestro menú. Sin decir precio previo. Como sobraron almejas, pone dos primeros platos iguales: almejas, ajos, aceite de oliva V.E. En distintos emplatados. El cocinero no sabía que vino blanco añadía. Al final dijo que era Jumilla. Imagino que blanco; pero sabía a «fino». La factura un desatino.

Comida ya elaborada

Busqué dos restaurantes que conocía por su calidad. Cerrados, al ser lunes. Recalo en la plaza de dicho pueblo. Pensé pedir algo seguro: flamenquín. La «cosa» vea la foto, que apareció en mi mesa, tras catarlo; discretamente lo devolví. Anticipé que lo pagaba, aún siendo inmundo. No tenía el cuerpo para dar clases. Miré las mesas alrededor, y lo comprendí. Solo bebían. Nadie comía. Solo daban al trinque. Al día siguiente gocé en uno de los buenos. Fue un festival báquico. Cuando se sabe y se quiere; se puede.

Conexión Madrid

No es una película de espiás. Es un poema. Viajar a Madrid es deplorable. El avión lo he descartado, relación, tiempo, precio, servicios. No compensan. Salvo para el extranjero. El simulacro de AVE, con un horario imposible. Y ALSA, que fue un ejemplo los SUPRA, por el COVID -19. cambió todo. Ya ni agua ni auriculares. Información mal explicada. Y como no lleve su propia agua. Si no para, todo de tirón. Se que se cerraron negocios y hay en venta hoteles pues no pueden pagar sus deudas pendientes. Muchos empleados, con suerte, en ERTE, pero si al primer cliente le damos «un palo», no vuelve. Sube la luz, impuestos, etc.

Triana, noche de pasión

El trabajo me lleva a Sevilla, hace muy poco. Me alojé en un buen hotel con vistas al Guadalquivir Deliciosa terraza y piscina en la ultima planta. Pero hay que pasear el castizo barrio. Hago ruta y en un bar con terraza al río, pido una manzanilla. La dejo tras un solo un sorbo. Y de estos vinos estudie y los bebo. Todavía tabernas cerradas. Llego a un placita y me atrae una antigua bodega del 1888. Mostrador y maderas viejas. Azulejos antiguos y artístico. Ambiente tranquilo. Vuelvo a la «prueba del flamenquín». Pido una tapa, me traen cuatro piezas. Eso me permitió apreciar que todas son idénticas. Recordé que era una tapa. Frito ennegrecido, dentro una gacheta. Ya solo nos queda el sentido común de la sociedad civil. Cuídense.