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Hace años, cuando buscaba piso, lo primero que hacía era bichear los bares de alrededor de mi hipotética nueva residencia. Porque las dotaciones deportivas, educativas, sanitarias y comerciales en los barrios están muy bien y son necesarias. Pero tanto o más importante es contar con ese bar de debajo de casa que terminará convirtiéndose en una extensión de nuestra cocina y salón. El Valencia del Zaidín, por ejemplo.
Ese bar en el que, como rezaba la sintonía de la mítica serie 'Cheers', todo el mundo sabe quién eres y cómo te llamas, cuál es tu rincón favorito y qué vas a tomar sin siquiera preguntarlo. El bar al que te gustará llevar a tus amistades antes o después de subir a casa. Donde puedes depositar las llaves con absoluta tranquilidad y donde los mensajeros pueden dejar un paquete a tu nombre… siempre que no sea demasiado voluminoso ;-)
Una de las cosas que más se celebra cuando hablamos de la lucha contra la España que se queda vacía es la apertura de un bar en esos pueblos en riesgo de 'desaparición' al irse quedando sin paisanaje. El bar no sólo es un lugar de diversión, avituallamiento y esparcimiento, que también, sino el auténtico centro gravitacional de la vida del pueblo, punto de encuentro y espacio para la convivencia, el diálogo y la conversación. El bar ata a la gente a la tierra. A su tierra. A la vez, los bares son el mejor espacio posible para la integración de quien viene de fuera.
Convertirse en parroquiano del bar es un signo de aceptación y arraigo, el mejor pasaporte con visado posible. Porque a los bares se puede entrar como desconocido, novato o primerizo, pero se sale como uno más del grupo, la peña y la cuadrilla. Ejemplo paradigmático: Bodegas Castañeda, donde nunca te sentirás solo: siempre hay parroquianos fieles y gente de paso con la que pegar la hebra.
Así son los bares, las tabernas y las bodegas de nuestra tierra. Un estado mental en sí mismos. Un estado de ánimo. Una forma de ser y de entender la vida que conecta con esa actividad tan lúdica, propia e intraducible a otros idiomas y que está en nuestro ADN: quedar para tomar algo. En los diferentes locales de Los Diamantes, que valen su peso en oro y cuyo pescado ha marcado tendencia. O en las diferentes La Cueva de 1900, cuyas chacinas de la casa traspasan fronteras.
En los bares todos somos iguales. Acodados en la barra, sentados en un taburete o de pie junto a una mesa alta con una cerveza bien fría y mejor tirada, desaparecen las diferencias entre las personas y se lima cualquier tipo de aspereza.
En los bares fluye la conversación, siempre cruzada y bidireccional, de ida y vuelta. Allí somos los mejores entrenadores del equipo de nuestros amores, solucionamos los problemas del mundo más aparentemente irresolubles y celebramos todo lo celebrable y más aún.
Los partidos de nuestros equipos de fútbol y baloncesto, por ejemplo, empiezan o terminan con unas Milnoh o unos tercios de Alhambra Especial en La Almudena, entre banderas y bufandas rojiblancas y rojinegras. Sea porque vamos a o venimos de Los Cármenes o del Palacio de los Deportes. O porque ese día toca ver el partido por la tele, pero dejándonos la garganta igual, todas y todos a una.
En los bares comienzan y terminan de fraguar las historias de amor más bonitas, se descubren nuevos grupos de música y fluye la creatividad. ¡Cuántos proyectos artísticos no se habrán forjado a pie de barra, sus primeros trazos garabateados en una servilleta con el lema 'Gracias por su visita'. ¡Gracias a vosotros, camareras y camareros, profesionales atentos que dais lo mejor de vosotros para hacernos felices! El Provincias, donde late y se siente la presencia de Enrique Morente. ¡O El Bar de Eric, toda una institución en Granada, y destino obligado para todo viajero amante de la mejor música hecha en Granada!
Un buen día siempre puede tener su mejor colofón echando unas cervezas y sus buenas viandas con la familia y los amigos. La cultura de las tapas y las raciones, los platos para compartir y el picar como cultura gastronómica. Y, en el mismo sentido, no hay día, por malo que haya resultado, que no se pueda enderezar de la misma manera, dejando un inmejorable sabor de boca. Piensen en el Mesón Alegría o en Las Copas, por ejemplo.
Porque en los bares siempre pasan cosas, se conoce a gente interesante, se aprende algo nuevo y se recuerda aquello que estaba perdido en la memoria. Los bares son vertebradores de una sociedad abierta, acogedora e integradora como la nuestra. ¡Toda una forma de entender la vida, como decíamos, que debemos preservar!
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