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'San Diego de Alcalá dando de comer a los pobres', cuadro de Murillo pintado en 1645. R. C.
Del bodrio a la sopa boba
Gastrohistoria

Del bodrio a la sopa boba

El caldo que conventos y hospitales daban a los pobres fue, además de acto de caridad, sustento de pícaros y símbolo de inmundicia

Ana Vega Pérez de Arlucea

Viernes, 9 de febrero 2024, 00:02

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Cada vez que se refieren ustedes a algo como «un bodrio» o «una bazofia» están entroncando con la ilustre tradición de la picaresca española. Lázaro de Tormes y Estebanillo González siguen vivos en esas palabras que, en tiempos del Siglo de Oro, se referían a comistrajos mal hechos y peor digeridos con los que los pobres intentaban saciar su hambre. Tan horribles eran aquellos condumios que en la actualidad sus nombres se emplean con el significado de cosa de mal gusto, soez o despreciable, pero ya les aseguro yo que un buen pícaro no les hubiera hecho ascos.

En el tratado tercero de 'La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades' (1554) el protagonista cuenta que «mientras estaba malo siempre me daban alguna limosna, mas después que estuve sano todos me decían «tú vellaco y gallofero eres, busca, busca un amo a quien sirvas».

Gallofa (supuestamente del latín 'galli offa', bocado de francés) era la comida que se daba a los pobres que peregrinaban de Francia a Santiago de Compostela. Se trataba normalmente una sopa con pan duro, pero debido a los jetas que se aprovechaban de este gesto caritativo pasó a significar también «la vida ociosa, libre y holgazana, como suele ser la de los que se dan a pedir limosna por no trabajar».

Gallofear era vivir del cuento y gallofo o gallofero pasó a ser quien pudiendo tener un empleo, prefería vivir de la generosidad de los demás.

Lázaro entró a servir a un escudero pero no por eso comenzó a alimentarse mejor: a pesar de ser hidalgo e ir razonablemente bien vestido, aquel amo era en realidad tan mísero como el criado. Su orgullo le impedía mendigar, pero estaba bien dispuesto a compartir los mendrugos de pan que su sirviente conseguía.

Gallofa, bazofia, menjurje, pistraque o bodrio son algunos de los nombres que por entonces tenía el rancho que las órdenes mendicantes y hospitalarias ofrecían a los pobres. A principios del siglo XIX se le adjudicaría la denominación de sopa boba, pero hace 400 años era simplemente sopa, ya que estaba compuesta tan solo de pan (que como vimos aquí la semana pasada, era la verdadera sopa), agua, sal, sebo y con suerte también de algunas verduras o legumbres.

En algunas ocasiones la sopa conventual o de menesterosos consistía en una mezcolanza de diferentes sobras del refectorio, pero lo habitual es que fuera un caldo flojo empedrado con pan duro. Eso mismo es lo que parece contener la cazuela que ven ustedes sobre estas líneas, pintada por Murillo en torno a 1645 para adornar el claustro de la Casa Grande de San Francisco, en Sevilla.

Era una escena muy apropiada para un convento franciscano: el sevillano san Diego de Alcalá (1400 - 1463) fue fraile lego y ejerció en varios conventos la función de portero, que era quien se encargaba de servir la sopa a los pobres.

Uno de los milagros que se le atribuyen fue precisamente el que Murillo plasmó en este lienzo, cuando preocupado por el gran número de necesitados que habían acudido a comer pidió a Dios que el contenido de la olla no menguara hasta que los presentes se hubiesen saciado.

Sopistas y tunantes

No todos los porteros eran tan generosos como el santo. A la hora de la sopa solía haber agrias disputas en torno a quién y cuánto había comido y especialmente acerca de si merecía o no recibir su ración. Frente a monasterios y hospitales esperaban tanto los que sufrían verdadera necesidad como los que habían hecho de lo gratis una profesión.

En las grandes ciudades abundaban vagos, maleantes y aprovechados que recorrían diariamente el circuito de conventos para llenarse la panza sin esfuerzo, situación que acabó dando al traste con las buenas intenciones de los dadivosos. Para evitar los abusos se intentaba distinguir entre los verdaderos indigentes y los simples gorrones, pero no siempre era fácil lograrlo.

Aunque a veces se comprobaran nombres, se excluyera del reparto a quienes parecían gozar de juventud o buena salud o se estipulara un máximo de asistencias, los caraduras eran tantos (o como tal los consideraban sus coetáneos) que había numerosas formas de referirse a ellos. Sopista o sopón, por ejemplo, era según el diccionario de la academia de 1739 «la persona, que vive de limosna y de la sopa de casas y conventos. Dícese regularmente de los estudiantes, que van a la providencia y a pie a las universidades».

Palabras como gorrón, bribón o tunante nacieron en ciudades universitarias para designar a los alumnos que sobrevivían a base de sopa conventual o de la caridad ajena.

El origen etimológico de tuna (la universitaria de las bandurrias, sí) está en la expresión francesa 'roi de Thunes' (rey de Túnez), apodo recibido por el rey de los vagabundos parisinos en el siglo XV. Mientras que el verbo tunar significaba llevar una vida holgazana y nómada.

Iguales prevenciones que con los tunos había con los brodistas, profesionales del bródio (del germánico Brod, caldo) o sopa boba, epítome del guiso mal aderezado que por metátesis acabó convirtiéndose en ese «bodrio» que hoy todos usamos. Lo gratis siempre tuvo mala fama.

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