Iustración de dos mujeres tomando un sherry-cobbler tomada de un recetario alemán de 1901.

Gastrobitácora

El cóctel con vino español que enamoró al mundo

Fresco y delicioso, el sherry-cobbler fue el combinado más popular del siglo XIX gracias al hielo picado y la pajita

ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEA

Otra vez con el jerez a cuestas, sí, pero no se me enfaden. ¿Yo qué le voy a hacer, si tiene tanta historia que rascar? Claro está que todos los vinos españoles tienen un pasado interesante y que también hubo otros que hicieron fortuna en el extranjero, como el vino dulce de Málaga, el fondillón alicantino o el blanco de Ribadavia. Sin embargo no todos inspiraron a Shakespeare o a Edgar Allan Poe.

Tampoco todos dieron la vuelta al mundo con Elcano, ni siguieron cicunnavegando el globo solo para adquirir un bouquet especial. Eso sólo lo ha hecho el Jerez-Xérès-Sherry, mal que nos pese a los demás y nos dé envidia cochina. También ha sido el único vino de España capaz de inspirar un cóctel revolucionario, un brebaje que marcó un antes y un después en el mundo de las mezclas etílicas y levantó el telón de lo que hoy en día entendemos como coctelería. Les hablo del sherry-cobbler, el rey de los combinados decimonónicos.

Con suerte su nombre les sonará a ustedes como presunto padre o antepasado del rebujito andaluz. Ese posible parentesco –en mi opinión más putativo que biológico– lo destapó en 2006 un artículo del desaparecido periódico 'La Voz de Jerez' titulado 'Rebujito: un invento inglés llamado sherry-cobbler'. Tanto en ese como en otros textos posteriores su autor, el investigador y divulgador jerezano José Luis Jiménez García, ha ofrecido numerosas referencias históricas sobre este desconocido cóctel decimonónico y sus paralelismos con el moderno rebujito.

Igual que la típica bebida de las ferias, el cobbler se tomaba con hielo, llevaba jerez, incluía fruta (especialmente cítricos) y tenía un regusto dulce. José Luis Jiménez es, además de más majo que las pesetas, uno de mis referentes en todo lo que al jerez se concierne y colega del rebusque documental. Después de mucho charlar hemos convenido en que disentir no es discutir, así que desde aquí le mando un bibliófilo abrazo aunque en realidad yo venga a refutar su teoría.

Hace tiempo que la erudición y curiosidad demostradas por José Luis en torno al sherry-cobbler se han reducido, internet y redes sociales mediante, a los titulares-anzuelo o al uso indiscriminado del hipotético vínculo entre una y otra bebida para dar lustre a un trago tan popular como populachero. El rebujito es una invención genial que en nada desmerece a otros famosos highballs (término coctelero para las mezclas de bebida alcohólica y refresco) como el gin tonic, el cuba libre o el destornillador de vodka con naranja. Otros ejemplos más cercanos serían la cerveza con limón y el kalimotxo, dos formidables creaciones que no tienen menos encanto por haber salido del magín popular en vez de de las manos de un barman.

Invento yanqui

Les prometo que en breve trataremos en detalle el cúmulo de circunstancias –tan casuales como entrañables– que dieron origen al rebujito, pero les adelanto que no hubo ningún lord implicado. Primero, porque el rebujito y el cobbler se parecen muy superficialmente. Segundo, porque sus similitudes son absolutamente fortuitas y no hubo relación causa-efecto. Y tercero y fundamental, porque en la creación del sherry-cobbler tampoco colaboró ningún inglés: fue un invento genuinamente estadounidense.

Tan yanqui, que cuando en julio de 1899 la anciana reina Victoria se tomó uno en público la prensa destacó que, como todo hijo de vecino, la soberana también había caído rendida a aquel «real American sherry cobbler».

Lo destacable de esta bebida no es que sea el bisabuelo postizo del rebujito, sino que fue uno de los primeros cócteles modernos y sin duda el que más furor causó durante el siglo XIX. ¡Y hecho con producto español! Por influencia británica, en Estados Unidos había desde los tiempos de las colonias una gran afición a los vinos generosos, pero pronto encontraron una manera propia de consumirlos, una que se ajustó a la perfección a su fama de nación joven, emprendedora e iconoclasta.

EEUU fue el primer país en el que el hielo pasó de ser un lujo a un producto cotidiano: en 1806 incluso se comenzó a exportar hielo (convenientemente cubierto de serrín) desde Massachussets a Martinica, Cuba, Brasil, Australia, India y por supuesto Europa. Lo que diferenció en aquel entonces a los incipientes cócteles o «bebidas americanas» de otras mezclas de licores fue precisamente la presencia del hielo en las copas, un elemento que en el caso del sherry-cobbler era tan importante como para darle nombre. 'Cobble' en inglés significa adoquín o canto rodado y es verdad que una vez preparada, la mixtura en cuestión lleva tanto hielo picado que parece literalmente empedrada.

Para evitar engorros al beber los estadounidenses añadieron otra insólita novedad a la combinación: la pajita. De paja auténtica y hueca, aquel invento encandiló al mundo y se convirtió en parte fundamental del embrujo del sherry-cobbler, un mágico bebedizo compuesto de jerez, azúcar, rodajas de naranja y mucho hielo. Agitado en coctelera, adornado con primor y bebido con pajita, el sherry-cobbler nació en América entre 1820 y 1830 y rápidamente se extendió por todo el ancho mundo. La próxima semana veremos cómo.