Vista de la placeta del Albaicín donde se ubica El Mirador de Tato.

Gastrobitácora

Comer muy bien y con grandes vistas en Granada

El Mirador de Tato, en el corazón del Bajo Albaycín, se asoma a la ciudad. Con la Catedral en primer plano y la vega de fondo, su excelente carta está a la altura del paisaje

JESÚS LENS Granada

Hay que serpentear hasta llegar a un restaurante que, abierto hace poco tiempo, tiene visos de convertirse en un grande de Granada. Hablo de El Mirador de Tato y se encuentra en la placeta Álamo del Marqués.

Placeta. Me encanta cómo suena esa palabra, con ecos a infancia, juegos y tardes sin fin. A diversión y frescura. A tiempo suspendido. Y les confieso, también, que salvo error u omisión por mi parte, nunca antes había estado allí. Amplia y agradable, la placeta Álamo del Marqués acoge las mesas y sillas de El Mirador de Tato, que solo sirve en el exterior. Abre a las ocho y media de la mañana, para comenzar con los desayunos. La cocina arranca a la una y media del mediodía y ya no cierra hasta las once, que a medianoche cesa la actividad.

Estuve el pasado sábado, después de disfrutar en El Mirador de Aixa del primer concierto de Momentos Alhambra, con Rocío Márquez y Broquio. De Mirador a Mirador. Vistas diferentes, pero igualmente majestuosas, de la Alhambra nazarí a nuestra Catedral renacentista.

Porque el Mirador de Tato se asoma al corazón de la ciudad moderna. Y de fondo, la contemporánea, la del futuro. La del PTS y la arquitectura singular del Parque de las Ciencias y los edificios de Campo Baeza. Y la Vega, claro. Esa despensa de una Granada con pasión por el kilómetro cero y el producto de cercanía.

Una de las cosas que cada vez aprecio más a la hora de ir a comer es una carta corta, pero completa, sugerente y bien compensada. Esos menús con cincuenta propuestas me complican la vida en exceso. La carta de El Mirador de Tato es comprimida, pero de lo más sugerente. Nosotros empezamos con una ensalada de tomate raf con aguacate. Qué gusto, el tomate que sabe a tomate. ¡Y cómo sabe! El raf es una gozada. Duro y bien entero, cruje al morderlo. Y el aguacate, en su punto justo de maduración.

Pero me he adelantado, que antes probamos un aperitivo de salmorejo con huevo de codorniz y jamón serrano y una degustación de aceite de oliva virgen extra Gonzalo Castro, muy suave.

A la hora de elegir el plato principal me debatí entre el rabo de toro, una de mis debilidades, y el arroz meloso… de rabo de toro. Opté por este último, con un cierto resquemor. ¿Y si mi elección terminaba siendo un quiero y no puedo, y me quedaba con ganas de hincarle el diente a la carne?

Cuando vi llegar el plato me dieron ganas de saltar de alegría y abrazar al camarero, joven y sobradamente preparado: el nivel del servicio en El Mirador de Tato es extraordinario: rapidez, diligencia, simpatía y sonrisas de las de verdad. ¡Qué platazo, oigan! El arroz, efectivamente meloso, era una delicia. Pero es que incluía unas 'tajás' de carne que rechupeteé con avaricia… y algo de vergüenza, debo reconocer. O de fatiga, como decimos por estos lares.

Los ravioli de queso de cabra y pera también estaban bien sabrosos y al dente. Para una próxima visita me dejo el chuletón de vaca vieja madurada, que tenía pintaza. A la vista, las tablas de quesos con mermelada de vino tinto que volaban por otras mesas resultaban de lo más sugerente. Como las alcachofas, pero he comido muchas estas semanas. También me apunto el gazpacho de frambuesa con cecina de buey y queso feta.

Apenas hace una semana que estuve allí y ya fantaseo con volver. Las puestas de sol tienen que ser exuberantes. Y exquisitas. Como la comida. El Mirador de Tato, un lugar a tener muy en cuenta y que dará mucho que hablar.