Comidas históricas y literarias de muy alto voltaje
El tiempo se puede medir de muy diferentes maneras. Por ejemplo, a través de los productos de nuestros campos y huertas, ahora que tanto se lleva la estacionalidad
Permítanme que hoy les hable más de libros que de restaurantes, bares o menús más o menos largos, más o menos estrechos. Una de mis ... lecturas de verano ha sido el soberbio libro de Antonio Muñoz Molina, 'El verano de Cervantes', que les recomiendo vivamente. No sólo es un encendido canto de amor al Quijote y una biografía literaria de su autor, sino que nos propone una invitación, una incitación a la lectura y a la memoria de esos libros que nos han marcado a lo largo de nuestra vida, que han contribuido a hacernos como somos. Porque si somos lo que comemos y bebemos, también marca y nos construye lo que hemos leído, escuchado y visto.
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«Cuando empecé esta lectura –del Quijote– era el verano adelantado de las cerezas y las ciruelas, y ahora es el de los higos, y dentro de poco será el verano ya tardío de las uvas y de las granadas, antes de que llegue el tiempo de los membrillos, del sol rubio y dorado como miel al final de la tarde, y también de las obligaciones y los viajes».
¿No es magistral esa forma de medir el tiempo, como decíamos antes? Todo el verano condensado en un párrafo, sin necesidad de contar cómo anochece cada vez más temprano o si refresca al final de las tardes de agosto, que habría sido lo normal. ¡Y qué ganas de bajar a la frutería, oigan! Fue leerlo y hacerme con sendas bolsas de higos y cerezas para celebrar este quijotesco estío.
Y otra declaración de principios que nos hace reivindicar el 'ser sanchesco', menos habitual que el tan citado 'ser quijotesco'. Recuerda Muñoz Molina sus primeros años de estudiante en Granada, cuando le faltaba dinero hasta para comer y recibía en el piso compartido de estudiantes un paquete materno de comida. ¡Todo un paraíso al levantar la tapa de cartón: «chorizos prietos y muy rojos, morcillas negras, butifarras reventonas, botes de aceitunas aliñadas por mi madre y mi abuela, de ensalada de pimientos rojos, tajadas de lomo sumergidas en manteca, los lujos terrenales de la matanza y de la cocina popular». Era tal su cara de deleite que un compañero poeta, entre carcajadas, le decía eso de «Eres sanchesco». ¡Maravilloso!
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Gastronomía alpujarreña
Otra de mis felices lecturas de este verano ha sido 'En los Alpes alpujarreños. Prodigios naturales y leyendas', de Guglieri. Se trata de un libro de viajes por nuestra mítica y maravillosa comarca granadina que el autor llevó a cabo en 1918.
Junto a las aventurillas y anécdotas montañeras, las ascensiones al Mulhacén, las nevadas invernales y las tormentas de verano; el autor le pone mucho cariño a todo lo que tiene que ver con el buen yantar. Por supuesto, las fuentes y el agua fresca desempeñan un papel esencial en la narración. Aparecen las salvadoras de Capileira, las balsámicas de Lanjarón y las ferruginosas de Pórtugos; entre otras muchas. Y el jamón de Trevélez, por supuesto.
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En un momento dado, el autor explica cómo guisar perdices enteras o en trozos y recuerda el menú para celebrar el final de la parva: «se sacrificó un borrego y se comieron las migas con pimientos y ajos asados y vino a granel».
¿Y qué me dicen de este reconfortante plato de celebración y reencuentro, después de pasar un mal momento en mitad de la Sierra? A ver si lo reconocen, aunque el autor no le dé nombre: «Se festejó la llegada de los distinguidos excursionistas con una ensaladilla de tomates, cebolletas, bacalao asado, aceitunas y rodajas de huevos cocidos, que fue servida en fuente de Fajalauza, en mesa y mantel cortijeros, sobre una sombra del terrado y al aire libre, disfrutando de un ambiente agradable, con un horizonte al fondo que llegaba hasta el mar y un cielo azul que era incomparable bienestar para el espíritu». Lecturas de verano suculentas y nutritivas.
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