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Nicolás Díez en La Taberna del Cosmonauta, con Alejandro García Castro. ALFREDO AGUILAR
Una Alhambra con Nicolás Díez

«Compartir raciones en la barra tiene algo de ritual»

Motrileño ejerciente, Nicolás Díez lleva el mar muy adentro, le gusta la comida con memoria y reivindica los bares y cafés como espacios donde inspirarse

Jesús Lens

Jesús Lens

Granada

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Jueves, 30 de marzo 2023

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Acaba de publicar una novela apasionante, 'Tres tonos de azul', editada por Viento Norte, cuya acción transcurre a caballo entre Granada capital y la Costa Tropical. Está protagonizada por un pintor en horas bajas y sus personajes principales pasan por varios bares y cafés, alguno infelizmente desaparecido. Cuando le pregunto a Nicolás Díez por un sitio donde compartir esta cerveza, no duda: La Taberna del Cosmonauta, uno de los locales más originales de los abiertos recientemente en Granada, a cuyos mandos se encuentra Alejandro García Castro. Disfrutamos entre exquisitos salazones, soberbias chacinas, una fascinante cerámica de Fajalauza cargada de historia y un merecido homenaje al pionero de la aviación, Emilio Herrera Linares.

–¿Por qué, La Taberna del Cosmonauta?

–Porque me gusta todo, aquí. Desde su decoración, con esas referencias a los cosmonautas; a todo lo que sale de la cocina. Me encantan los salazones y las anchoas y los arenques están de lujo. Y el ambiente, que es estupendo.

–¿Se declara usted 'tabernícola', por tanto?

–Absolutamente. Soy un gourmet callejero, de taberna. De estar codo con codo y hablar con los de la mesa de al lado. Compartir tapas y raciones tiene algo de ritual primitivo que nos lleva a tiempos del pasado y es algo muy agradable.

–O sea, que usted celebra la vuelta a la antigua normalidad...

–¡Absolutamente! (Risas). Para un escritor es gloria. Los bares, los cafés y las tabernas también son espacios de inspiración. Me gusta pegar la oreja y pegar la hebra. De lugares como este salen tramas, personajes, diálogos...

–En su novela, 'Tres tonos de azul', determinados establecimientos tienen una gran importancia, como el Café Lisboa.

–Lo echo mucho de menos. Era como una cápsula de tranquilidad que permitía ver la vida pasar a través de sus cristaleras, disfrutando de un buen café. También aparece el Saint Germain, que me encantan sus vinos. Y ojo que los personajes beben Cerveza Alhambra en diferentes momentos de la narración.

  • 1. No faltan en su cocina Las conservas

  • 2. Un plato de la infancia Migas de la abuela

  • 3. Una tapa para abrir boca Salazones

  • 4. Una cocina internacional Italiana

  • 5. Dulce favorito Torta Real de Motril

–Háblenos del bar del japonés...

–¡También existe! Es el 1959Café Bar, el bar de Toru, que está debajo de mi casa y reúne a unos parroquianos habituales muy diferentes e interesantes, en los que me he inspirado. En la novela lo uso como una zona de descanso de la trama, donde el protagonista se relaja.

–¿Como en 'La cantina de medianoche'?

–¡Sí! Pero menos canalla. (Risas). Me encanta ese cómic. Como los universos gastronómicos que tanto Manuel Vázquez Montalbán como Andrea Camilleri crearon en sus novelas policíacas.

–¿Es usted muy de escribir en bares o cafés?

–Alguna vez sí, pero no habitualmente. Aveces, cuando estoy poco inspirado y faltan ideas, me gusta escribir en un café tranquilo, viendo a gente.

–Su protagonista, Saúl, es un pintor de reconocido prestigio. ¿Algún cuadro con reminiscencias gastronómicas que le guste?

–Me fascina 'Niños comiendo uvas y melón' de Murillo y también los cuadros de las sopas Campbell de Warhol, que tengo mi punto pop.

–Es usted de Motril, la portada de su libro es puro mar azul y baja mucho a Torrenueva...

–La portada es un cuadro precioso de Esperanza Romero. Llevo la costa dentro de mí. Mi vida sería imposible sin el mar. Torrenueva es el lugar donde mi mente respira. Tiene sitios estupendos como La Tertulia, que cumple una función que no existía en la Costa Tropical, combinando copas, tapas y cultura. Están el Justino, Mesón del Jamón, el Cucas, con un marisco espectacular; y Casa Cristóbal, con un magnífico bacalao. También me encanta El Conjuro de Calahonda y, en Motril, Zarcillo y los arroces de El Majao. Y este domingo voy al Espacio IME. ¡Ya te contaré!

–¿Recuerdos gastronómicos de la infancia?

–Las espichás. En casa recuerdo los boquerones puestos a secar en los alambres de la terraza. Mi pasión por la cocina viene gracias a mi abuela Lelán, que hacía unas tortillas de bacalao exquisitas. Mi madre, Maria Angustias, también las clava. Aún es un reto pendiente para mí.

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