Alcachofas con anchoas de Patio Braserito / jesús Lens

Gastrobitácora

Darse el gustazo un día cualquiera

Comer en la calle entre semana, de forma improvisada y casi por azar, permite sacarle un regusto especial a la jornada y convertirla en algo especial, saliéndose de lo corriente

JESÚS LENS Granada

Hace un par de semanas, hablando con el músico y escritor Manu Ferrón, conveníamos en que la necesidad de reservar hasta para tomar unas cañas se ha convertido en algo muy engorroso que le resta espontaneidad y naturalidad a algo que antes era tan sencillo como festivo.

Que lo entiendo, ojo. Que el mundo postpandémico tiene lo que tiene y bastante bien parados hemos salido gracias a las vacunas. Pero echo de menos eso de vagabundear sin rumbo fijo y entrar al albur del momento, siguiendo el impulso de la vista y el olfato, donde más te apetezca en cada momento.

Ahora, si vas al cine un viernes o un sábado, más te vale haber reservado para los vinos de después. Si no, te puedes encontrar con que no hay sitio en la mayoría de bares y restaurantes que te gustan. Por eso, improvisar me gusta cada vez más. Es aconsejable, eso sí, hacerlo entre semana. Por ejemplo, fuimos al Braserito un lunes a mediodía. La terraza de fuera y la barra estaban muy concurridas, pero había sitio en el salón de arriba. ¡Qué gustazo, llegar y topar, como el que dice! Sobre todo porque tenían muchas y muy variadas alcachofas, de plena temporada.

Una de las exquisiteces proverbiales de Braserito, un nombre que transmite calidez y familiaridad desde su mera enunciación, son sus alcachofas con salsa de Pedro Ximénez y piñones. Es un fijo en la carta, de degustación obligatoria. Añadimos unas alcachofas con anchoas, por seguir monotemáticos, y una carne trinchada con patatas.

No teníamos pensado pedir postre, pero cuando te dicen con simpatía y amabilidad que la tarta de queso está recién hecha por la matriarca de la casa, ¿cómo vas a pensar siquiera en rechazar semejante proposición? De paso, pedimos también la de chocolate con naranja. Por probarla, ojo. Más por curiosidad científica que por afición, costumbre o vicio. Ustedes me entienden…

Hace unos días aprovechamos para hacer otra escapada culinaria súbita e impremeditada, de las de aquí te pillo, aquí te mato. Esta vez, a una de las casas del barrio. Nos dimos un salto a Cúrcuma Gastrobar, en la zona del Palacio de Deportes, que tiene una carta de tapas muy apetecible y platos internacionales muy diferentes.

Sus mesas altas son cómodas y su terraza, muy agradable, da a un parque. Nos animamos a disfrutar del salmojero con huevo de codorniz en forma de tapa y de unas raciones de gyozas, muy sabrosas, y unas bolitas crujientes de carne con salsa barbacoa que se devoraban como las pipas de lo ricas que estaban. Un detalle: aunque hayas pedido las raciones, siguen poniendo tapa. ¡Y no son tapas cualesquiera! La hamburguesita es de las que invita a conocer a sus hermanas mayores en una próxima ocasión, sin ir más lejos.

Esos ratos son un gustazo. Ese paréntesis entre los quehaceres diarios que convierte en especial un día que, de otra manera, habría sido un día cualquiera. La conversación relajada en torno a las buenas viandas, los sabores diferentes y exóticos y el producto de temporada provocan un bienestar que se acrecienta y agiganta sentados a la mesa.

Muchas veces hablamos de esas comidas o cena especiales, con carácter de evento. Hoy ha sido un disfrute recordar esas otras pitanzas más normales, igualmente necesarias. Como los huevos rotos con jamón y foie de Bodega Merus, junto al festival El Órbita, al final de la Avda. de Cádiz. Una tregua en el trajín festivalero para disfrutar de una cerveza fría en copa de vidrio, una buena tapa y ese tentempié tan necesario para seguir en la brecha musical.

En Fermasa había Foodtrucks durante el festival y la organización, modélica, hacía que todo fluyera y fuera rápido. El viernes nos zampamos unas empanadas argentinas que nos espabilaron sobremanera. Pero quienes somos tabernícolas convictos y confesos, en afortunada expresión de Paco Aguilar, dueño de la Taberna Belmonte, nos crecemos al sentarnos en un taburete, acodados en una barra o velador. Ese imprescindible descanso culinario del guerrero para peregrinar de escenario en escenario, siguiendo el ritmo de la noche.