Los Pepes de Medicina,rodeados por Mónica,Cristina, Celia, Miguel y Manolo. / PEPE MARÍN

Dentro de las cafeterías y restaurantes universitarios de Granada

Parte esencial de la formación vital de los estudiantes, concentran talento, juventud, empuje, optimismo y ganas de disfrutar de la mejor comida casera a un precio ajustado a sus posibilidades

Jesús Lens
JESÚS LENS Granada

En las aulas de la Universidad se aprende de leyes y fórmulas matemáticas, a curar enfermedades, traducir idiomas, trazar líneas y ángulos, adjetivar en condiciones y desentrañar el significado de textos y discursos. Pero es en las cafeterías de las distintas facultades donde se aprende la Vida, así con mayúsculas.

En la cafetería te relajas y bajas las defensas, aprendes a relacionarte con los compañeros y, con un café o una caña, arreglas lo de Rusia y Ucrania, acabas con Ómicron, escribes el mejor relato de la historia, ganas el Nobel e incluso te enamoras. Y si el objeto de tu amor te corresponde… ¡Ay!

Poco se habla de la importancia de las cafeterías universitarias en la formación integral de las personas. Una visita a la de Medicina, por ejemplo, nos reconcilia con ese impulso vital de una juventud que lo tiene todo por delante.

Los bocadillos, muy demandados por el público. / pepe marín

La cafetería de Medicina es grande. Muy grande. Y blanca nuclear. Luminosa y espaciosa, con grandes cristaleras y una soleada terraza que da gusto verla. Y sentarse en ella. Se nota que está en el entorno del PTS. Nada que ver con aquellas otras cafeterías, casi clandestinas, a las que se bajaba por una escalera estrecha y en las que se entraba abriéndose paso por una nube de humo.

Y allí están Los Pepes, como popularmente se conoce a José Luis Olmos, el más veterano del lugar, cuarenta años ininterrumpidos al pie del cañón, y José Luis Sáez, su compañero desde el año 2000. Toda una vida tras la barra, sirviendo desayunos, almuerzos, cafés y meriendas a generaciones y generaciones de estudiantes de Medicina.

Junto a ellos, el actual equipo lo conforman Miguel, Manolo, Mónica, Cristina y Celia. Entre los siete se las apañan para atender a una media de entre 500 a 800 personas, dependiendo del día, y para servir unas setenta comidas diarias.

La cafetería de Medicina abre a las siete y media de la mañana y ya no cierra hasta doce horas después. En estos tiempos, a la gente le gusta sentarse fuera, en la terraza, donde se ha ampliado el número de mesas.

José Luis Olmos, que vivió el traslado de la antigua Facultad de Medicina a la nueva, detecta cambios en las pautas alimenticias de la gente joven. «Hacen más por cuidarse. Toman fruta en los desayunos, piden pan integral y huyen de la bollería industrial, apostando por la artesanal». Incluso en las tostadas hay cambios, con mucho atún y tomate, además de las clásicas de jamón. «Y los molletes de Antequera, que no falten».

Aquella mudanza, por cierto, no fue fácil. «El cambio de Facultad costó y la gente tardó en adaptarse, pero los alumnos de ahora, los jóvenes, los 'nativos' del PTS; ya han hecho suyo el Campus y lo viven y lo disfrutan como propio», señala Pepe.

Cuando se acercan las dos de la tarde, comienza a llegar el público. Profesores y alumnos esperan en la barra, de forma ordenada, para pedir sus consumiciones. Entre las tapas, todas caseras, migas, papas a lo pobre, callos, arroz y una ensaladilla rusa que quita el sentido. Eso sí, «la gente no come de tapas aquí. Piden bocadillos o el Menú del Día».

Marchando unos populares 'Martillos' en la terraza de la cafetería de la Facultad de Medicina, junto a una tapa de papas a lo pobre. / PEPE MARÍN

Por 5 euros, tres primeros y tres segundos a elegir, pan y postre. La bebida aparte. Hay muchas jarras de agua en las mesas, compartiendo espacio con algunas cervezas y más refrescos. «Los platos de cuchara son muy apreciados. Ahora, lentejas, fabadas, estofado, cocidos, cremas… A partir de primavera toman el relevo los salmorejos, gazpachos y ensaladas», explican los Pepes, que trabajan con proveedores locales, además de comprar en Merca 80.

Para los segundos, carne en salsa, bacalao con tomate, pechuga de pollo, calamares y rejos. También se adaptan a las personas vegetarianas: tortilla patatas y francesa, tortilla de espinacas con tomate aliñado, ensaladas, cremas, etcétera. «La base es una comida casera, al estilo tradicional».

Entre los bocadillos, la más famoso es el popular 'Martillo', con su tortilla francesa, jamón serrano y tomate en rajas. «Es el que más tiempo lleva en la carta. ¡35 años y sigue siendo la estrella!», recuerdan Los Pepes, que también destacan sus hamburguesas, hechas con carne de primera calidad. «Aquí solo trabajamos con primeras marcas», concluyen.

Además de profesores universitarios y estudiantes, son habituales los sanitarios que trabajan en el hospital, aunque siempre vestidos de calle. Atienden los cursos del 061, comidas de trabajo y las comidas de congresos y tesis, pero no albergan grandes celebraciones. Y también acogen a alumnos de otras facultades del entorno.

Así las cosas, no es de extrañar que su cafetería sea uno de los iconos de la Facultad de Medicina. La chavalería se siente tan cómoda, tan como en su casa, que traen a sus padres para que conozcan a Los Pepes cuando vienen de visita, como si fuesen de la familia.

«Pasan sus buenos ratos aquí, tomando café, jugando a las cartas, de tertulia… Me gusta verles cuando preparan sus exámenes, el ambiente que se genera a su alrededor», cuenta José Luis Olmos. «Y en verano, la terraza es una delicia, que más de 17 grados no hay».

Buena prueba del ascendiente que Los Pepes tienen en Medicina es que cada año, en la popular celebración de San Lucas, su patrón, se les hace un homenaje y un cariñoso recordatorio. O el hecho de que, durante la pandemia, con la cafetería cerrada, estudiantes y profesores recaudaran hasta 6000 euros para echarles una mano a través de una campaña de micromecenazgo. «Fue un gestazo. No nos lo podíamos creer», cuentan emocionados.

Ingeniería técnica

Trabajar en las cafeterías y restaurantes universitarios tiene algo que engancha. Rubén Cantarelo, actual responsable de la cantina de la Escuela de Ingeniería Técnica, lleva trabajando allí desde los 18 años. «El contacto con los estudiantes rejuvenece, me siento como un niño», señala con una gran sonrisa. Y ayuda a que el ambiente de trabajo sea grato y agradable. «Lo mejor es el contacto diario con la gente».

En total son seis personas en plantilla. Además de Rubén, están Miguel, Aída, Cristian y Cristian jr y Fran, al que apodan 'Mala Cara' con buen humor. Por la cafetería pueden pasar fácilmente unas 500 personas diarias. En la barra de amontonan los platillos con su cucharilla y sobre de azúcar, esperando a los cafés. ¿Y para las comidas? Un menú diario por 5 euros con dos primeros y dos segundos, a elegir. Siempre comida casera. O platos combinados, con sus patatas y su ensalada, también muy demandados.

Gabri, Miguel, Cristian, Fran, Cristian Jr. y Rubén. / PEPE MARÍN

«Lo que más pide la gente ahora es la oferta de bocadillo, patatas fritas y bebida. Tenemos doce bocadillos diferentes en carta», señala Rubén. ¿El más demandado? «El Payiyi, hecho a base de pollo crujiente, queso, huevo y beicon. Es un homenaje a Gonzalo Campos González, compañero nuestro que falleció hace tres años. Era un 'gitanico' encantador que le preguntaba a la gente: ¿Payiyi, qué te pongo? Se la llevaba de calle».

Ubicada en los populares 'paseíllos' universitarios, además de profesorado y alumnado, tanto de la propia escuela como de otras facultades de alrededor; por la cafetería pasa mucha gente del entorno, usuarios de las áreas deportivas y vecinos. «La terraza ayuda», señala Rubén, que ha detectado cambios en las costumbres de los estudiantes. «No sé si será Bolonia, pero antes venían más relajados y con más tiempo, sin tantas prisas», señala. «Y ya era así antes del covid», remacha.

Entre las preferencias a la hora del desayuno está la tostada de aguacate. «Se pide mucho pan integral y de centeno. Ahora tenemos uno nuevo, también muy exitoso, de malta tostada». A mediodía, las tapas caseras vuelan por las mesas: arroz, migas, tortilla de patatas, carne en salsa y pastel de patata. «Trabajamos con proveedores y marcas locales, de las cervezas Alhambra a la leche Puleva. El pan, artesanal, de El Progreso», cuenta con orgullo Rubén, mientras despacha una comanda, con la terraza llena de gente a pesar del frío de enero.