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Familia reunida para comer (España, años 20). Colección Ana Vega
Cuando España quiso tener horarios europeos de comidas

Cuando España quiso tener horarios europeos de comidas

Gastrohistorias ·

Entre 1924 y 1930 la dictadura de Primo de Rivera intentó cambiar las costumbres y promover unas pautas «más racionales»

Ana Vega Pérez de Arlucea

Viernes, 14 de abril 2023, 00:35

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Levantarse a las 9, desayunar a las 10, almorzar ligeramente a las 12 y cenar a las 6 de la tarde. Ésos fueron los horarios que quisieron grabar a fuego a los españoles hace 100 años. No les destripo nada si adelanto el final de la historia: ustedes y yo sabemos que el plan salió mal y que por mucho que desde entonces nos hayan intentado vender los supuestos beneficios de adelantar nuestros hábitos, éstos siguen siendo singularmente tardíos en comparación con gran parte de Europa.

La semana pasada descubrimos aquí mismo que, en realidad, esos horarios que tan incivilizados les parecen a nuestros vecinos del norte llevan siendo prácticamente los mismos desde hace casi dos siglos. Aunque parezca inverosímil, gran parte de los españoles comía a las 3 y cenaba a las 10 incluso antes de la llegada de la luz eléctrica y aun compartiendo huso horario con Portugal y Reino Unido.

Nos han dado tanto la tabarra con el meridiano de Greenwich y el huso incorrecto que todo el mundo asumía que nuestras peculiares horas de comer se deben a que desde 1940 los relojes españoles marcan 60 minutos más que los de Londres. Haber descubierto que no es así es, de momento, mi mayor aportación a la sociedad y al eterno mantra del 'Spain is different'. Mientras espero a que Marca España me mande un camión de jamones en agradecimiento, hoy aprovecho para explicarles lo que ocurrió cuando hace un siglo parte de las elites de nuestro país quisieron convencer al resto para imitar los racionales, civilizadísimos y europeos horarios de comidas.

'Spoiler': no ocurrió nada, 'rien de rien', 'nasti de plasti'. Todo siguió igual, primero porque aquella campaña de «reforma de las costumbres» estuvo mal planteada desde el principio y segundo, porque cambiar cualquier costumbre profundamente enraizada en la sociedad es terriblemente difícil. Sobre todo cuando se refiere a alguna práctica asumida como propia o culturalmente identitaria.

Para entender aquel proyecto absurdo primero tienen ustedes que retrotraerse a la España de hace un siglo, en plena dictadura del general Miguel Primo de Rivera (1923-1930). Para defender y difundir las ideas de su régimen político Primo de Rivera promueve la fundación de un periódico, La Nación, que desde enero de 1925 se convierte en altavoz del dictador y de su partido Unión Patriótica.

El 7 de diciembre de ese mismo año La Nación publica en portada un artículo sobre la regeneración de la economía nacional y la necesidad de aumentar la productividad laboral: «En España se trabaja menos que en cualquier otra nación y es indispensable intensificar el trabajo por todos los medios».

Limitaciones impuestas

Empezaron quejándose de las limitaciones impuestas al horario laboral (desde 1918 eran obligatorias dos horas de descanso para comer para todos los empleados) y enseguida se metieron en terreno de las costumbres sociales, de lo mucho que se trasnochaba en las ciudades españolas y de lo poco que por esa razón se rendía en el trabajo. La Nación lanzó el 8 de diciembre de 1925 una propuesta de nuevo régimen de vida basada en «la reforma del sistema actual de horas de jornada, comida, descanso y distracciones», que en su opinión no se parecía «al de ningún país laborioso, progresivo y fuerte».

Se trataba de levantarse a las 9, desayunar antes de entrar al trabajo en torno a las 11 de la mañana, trabajar hasta las 5 o las 6 de la tarde «con salida de media hora a mediodía para tomar un bocadillo» y cenar fuerte al llegar a casa, entre las 6 y las 7. A partir de esa hora los españoles tendrían tiempo para sus quehaceres domésticos, pasear, leer, estar con su familia o ir al teatro antes de meterse a la cama a las 12.

Según los popes de la dictadura ese horario haría olvidar «la absurda vida presente, favorable a la molicie, la holganza y el vicio». También serviría para que los turistas o empresarios extranjeros se encontraran más a gusto en nuestro país y dejaran de pasar hambre por la costumbre imperante de (¡recuerden que entonces el reloj sí marcaba la hora de Greenwich!) comer pasadas las 2 y cenar a las 10.

La campaña de La Nación, pensada para privilegiados con poco trabajo y no para esforzados currantes, tuvo cierto éxito a nivel mediático. Otros muchos periódicos se hicieron eco de la idea y durante varios años el tema fue recurrente en prensa y tertulias. Comenzó a calar la idea de que, efectivamente, España tenía estropeado su reloj interno: el 14 de noviembre de 1928 el Heraldo de Madrid decía en portada que «en Madrid se vive con dos horas de retraso respecto al resto de las grandes ciudades europeas».

Sin embargo otros medios como El Imparcial defendieron que aquellos cambios «acabarían con la animación y la alegría de las noches españolas», y que nuestros horarios tradicionales eran parte consagrada de nuestra idiosincrasia. El debate llegó a implicar al mismísimo dictador Primo de Rivera, quien en 1929 publicó un artículo denunciando que en España «se come mucho y se trabaja poco». Según él, la comida de las 2 y media de la tarde y la cena de las 10 eran «un absurdo y un derroche» que había que sustituir por una única comida fuerte entre las 5 y las 7, después de trabajar, un sistema mucho mejor «para la salud, evitar la obesidad y economizar en luz». No funcionó.

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