Ir (y salir) a hacer la compra

Visitar mercados y hablar con la gente puede alargar la vida, además de alegrarla. /JESÚS OCHANDO
Visitar mercados y hablar con la gente puede alargar la vida, además de alegrarla. / JESÚS OCHANDO

Una de las actividades cotidianas por excelencia, hacer la compra, se puede convertir en uno de los factores decisivos a la hora de alargar nuestra vida

JESÚS LENSGranada

Hasta hace relativamente poco tiempo, hacer la compra e ir a hacer la compra eran expresiones sinónimas. Hoy ya no. La compra en los tiempos de las Apps, las webs y la telefonía móvil ya no es lo que era.

Pongámonos nostálgicos, aunque sea por un momento. Antaño, para hacer la compra había que bajar, si vivías en un piso. O ir, si vivías en una casa. El cualquier caso, había que salir. Hacer la compra tenía mucho de rito, transmitiéndose ancestrales códigos familiares.

De hecho, no era fácil aprender a hacer la compra y las peleas sobre qué echar en el carrito y qué dejar en las estanterías podían dejar a la Guerra de Troya en una mera escaramuza. Al final, siempre ganaban las madres, por supuesto. Madurar era, también, que tus mayores te mandaran a hacer la compra con la tranquilidad de que no ibas a hacer ningún estropicio en la tienda ni te ibas a llevar a casa todo tipo de 'garguerías'. Madurar era, en fin, aprender a negociar cómo quedarte con las vueltas de una forma discreta, sin llamar la atención.

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Cambia la sociedad, cambian las costumbres y cambia la tecnología. Hoy, para hacer la compra, no hace falta ir a sitio alguno. Basta con conectarse a internet o descargarse una App. Hoy se puede hacer la compra en el ciberespacio y, en un puñado de horas, tenerla cómodamente entregada en casa. Comprar así, desde luego, ahorra tiempo. La pregunta es: ¿tiempo para qué? Para ocuparnos de nuestras obligaciones, por supuesto. Que son muchas y variadas. Para descansar, que también hace falta. O para hacer deporte, por ejemplo, que resulta complicado encontrar un hueco para salir a correr. Y siempre nos quedará la opción de quedarnos tumbados a la bartola, viendo Netflix o…

Sin embargo, es muy posible que ir a hacer la compra, visitar los mercados, acercarse a la tienda de la esquina o adquirir determinadas especias, tés o productos gourmet en comercios de cercanía sirva para alargar la vida. Sí, sí. Así como lo oyen.

Hace unos días, una amiga nos envió a los miembros de nuestro club de lectura un vídeo muy esclarecedor, repleto de optimismo y vitalidad. Se trata de una charla TED impartida por la psicóloga Susan Pinker en la que desvela los datos de un experimento encaminado a descubrir el secreto para vivir 100 o más años. El estudio realizado por Julianne Holt-Lunstad, investigadora de la Universidad de Brigham, muestra unos resultados sorprendentes. Por ejemplo, estar más o menos gordo —o delgado— no influye en demasía. La pureza del aire que respiramos, nuestra tensión o la práctica de deporte tampoco se sitúan en los puestos de cabeza de los factores que influyen en la longevidad.

Dejar de fumar, vacunarse contra la gripe y cuidar el corazón van teniendo más importancia, pero los dos factores que más influyen en las prospectivas de vida de los ciudadanos contemporáneos tienen que ver con nuestra vida social. Por una parte: las relaciones cercanas. Contar con un grupo de personas a las que podrías pedir un préstamo en un momento de apuro, quienes te acompañarían al médico o con quienes compartirías las grandes zozobras de tu vida.

Pero, por encima incluso de estas relaciones más cercanas, el más poderoso indicador de si llegaremos a ser felices viejitos desdentados, es un factor denominado 'integración social'. Susan Pinker lo define como el nivel de interactuación diario con otras personas. Con cuanta gente hablamos en nuestro día a día cotidiano, o sea. Y esto abarca tanto a los lazos más fuertes como a los más débiles. Es decir, no se trata de interactuar, sólo, con las personas más cercanas y queridas de nuestro entorno, con las que nos unen lazos afectivos más fuertes, sino también con la persona que te prepara el primer café de la mañana, con tu vecino de barra, con el cartero o el repartidor de paquetes postales. Hablar con los compañeros del club de lectura y, por supuesto, con la gente de los lugares donde hacemos nuestras compras cotidianas.

Ahora que estamos a comienzos de un nuevo curso, hagamos propósito de enmienda y no nos limitemos a hacer la compra. ¡Vayamos a hacerla! Salgamos fuera y, por supuesto, hablemos. Con la gente que vende, con la persona que ha pedido la vez antes que nosotros y con el vecino con quien no solemos cruzar palabra al encontrarnos en el rellano, esperando al ascensor. ¡Nos va la vida en ello!