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Foto de una reunión de las Belles Perdrix y portada de su recetario del club
Mesa propia en el Club de las Bellas Perdices
Gastrohistorias

Mesa propia en el Club de las Bellas Perdices

En 1928 un grupo de escritoras y artistas fundó en París la primera asociación gastronómica femenina de la historia

Viernes, 5 de mayo 2023, 00:42

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Sabían ustedes que las mujeres francesas no vieron reconocido su derecho al voto hasta 1944? Para tanta 'égalité' de la que alardean nuestros vecinos es una fecha vergonzosamente tardía. Lo he tenido que buscar porque estando de camino a Asturias para asistir a la tercera edición del congreso FéminAS –dedicado a gastronomía, mujeres y medio rural– me he acordado de un grupo de amigas que cambió el paradigma culinario hace casi 100 años.

En enero de 1928 una veintena de escritoras, periodistas y artistas francesas se reunió para crear la primera sociedad gastronómica femenina, el Club des Belles Perdrix o Bellas Perdices. La historia la conocía e incluso he escrito alguna vez sobre ella, pero dándole vueltas a por qué un puñado de señoras intelectuales necesitaban montar su propia asociación gourmet he descubierto lo del voto o, más bien, la ausencia de él.

En Francia daba igual que fueras Colette, Marguerite Yourcenar o la vecina del quinto: no podías votar. El país de la Ilustración, el mismo que aprobó la Declaración de los Derechos del Hombre en 1789 y fue pionero en el sufragio universal (masculino) en 1792 seguía negando a sus ciudadanas el derecho a participar en la vida política.

Comparado con eso, que los clubes de gourmets franceses no admitieran a mujeres parece una tontería. El 21 de enero de 1928 cayó la gota que colmaría el vaso: la revista cultural Comœdia publicó en su sección de gastronomía un artículo titulado 'Pas de femmes' (Nada de mujeres). La noticia decía que el famoso Club des Cent (Club de los Cien) había aprobado por unanimidad excluir a las mujeres de entre sus integrantes.

No era ninguna novedad: desde su fundación en 1912, aquella sociedad de políticos y deportistas aficionados a la buena cocina no había aceptado a ninguna fémina ni entre sus cien miembros oficiales ni entre quienes aspiraban a participar en sus comidas semanales.

Tampoco había mujeres en las filas del Grand Perdreau (Gran Perdigón), otro club gastronómico formado por editores, escritores y periodistas. Ni en la Academia de Psicólogos del Gusto, fundada en 1922. La nueva Academia de Gastrónomos, anunciada apenas un mes antes y con 40 académicos aún por decidir, no parecía que fuera a cambiar aquella tónica.

El mundo de los aficionados a la alta cocina era pequeño y en las listas de todas aquellas sociedades gastronómicas se repetían casi los mismos nombres: Camille Cerf, Paul Reboux, Édouard de Pomiane, Marcel Rouff, Curnonsky...

Precisamente Maurice Sailland, apodado Curnonsky, el príncipe de los gastrónomos, era uno de los pocos hombres dispuestos a admitir la presencia femenina en las huestes de Gargantúa y Pantagruel. Colaborador de Comœdia y responsable de su sección culinaria, sin duda fue él quien al final de un artículo que hizo sobre los Cien lanzó un guiño a sus lectoras: «¿Veremos dentro de poco una sociedad 'gourmand'... exclusivamente femenina?».

La precursora

Maria Croci recogió el guante. Traductora, escritora y activa participante de la vida literaria parisina, estaba harta. Su marido formaba parte desde 1924 del Déjeuner du Grand Perdreau, sociedad que debía su nombre a la presencia de un solo perdigón –grande, eso sí– en su comida de inauguración.

El esposo de Maria se reunía mensualmente con los popes de las letras francesas para comer, beber, charlar y, de paso, construir el discurso culinario galo. La prensa informaba sobre los restaurantes en los que almorzaban, los menús que degustaban y los profesionales que los elaboraban. Los 'grandes perdigones' organizaban almuerzos temáticos inspirados en las cocinas regionales de Francia y por entonces llevaban ya cuatro años otorgando un premio al mejor jefe de cocina del país.

Mientras los hombres definían la nueva realidad culinaria, las mujeres como Maria Croci se limitaban a ser testigos silenciosos. La injusticia no solo radicaba en que ellas fueran obviamente capaces de disfrutar y valorar la comida como cualquier varón, sino en que a diferencia de los gastrónomos teóricos, ellas sí sabían cocinar y podían apreciar la dificultad de los menús.

En enero de 1928, espoleada por la exclusión oficial del Club de los Cien, Maria Croci planteó en una de las tertulias a las que asistía la creación de una sociedad gastronómica femenina. Muchas de las allí presentes se prestaron enseguida a participar. Mujeres de letras como la novelista Gabrielle Réval, las periodistas Hélène Gosset y Blanche Vogt, la poeta Lucie Delarue-Mardrus, la dramaturga Judith Cladel, Aurore Sand (nieta de George Sand)... Veintidós amantes de la palabra escrita y bien sazonada, dispuestas a demostrar que la mujer tenía mucho que aportar a la apreciación del arte culinario. En un provocador guiño al Gran Perdigón decidieron denominarse Club des Belles Perdrix.

Desde entonces y hasta la Segunda Guerra Mundial se reunieron periódicamente, publicaron un libro con recetas y reflexiones culinarias ('Les recettes des Belles Perdrix', 1930) e impulsaron la creación de la Academia de Cordons Bleus, dedicada a reconocer la labor de las jefas de cocina de Francia. Su ejemplo sirvió para fundar otros clubes análogos y cambiar la percepción de lo que una mujer podía saber, disfrutar y apreciar. Y eso que solo quisieron tener una mesa propia.

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