Rosa Macías y Francisco Martín hacen alquimia con una fritura de pescado en Bar FM / ALFREDO AGUILAR

Gastrobitácora

Momentos que no tienen precio

El pescado frito de Bar FM me provocó una cascada de recuerdos que me devolvió un momento muy especial de mi vida. Bocados que se convierten en máquina del tiempo

JESÚS LENS Granada

Al salir del Bar FM y volver caminando a casa me caían lagrimones por la cara. Y no es un eufemismo. Eran lagrimones de verdad y con sabor a sal, provocados por la emoción del momento. Cuando se habla de la exquisitez del producto con el que trabaja uno de los establecimientos emblemáticos de la Granada gastronómica contemporánea, a veces sale a colación la cuestión del precio. Que Bar FM es caro, critican algunos.

Déjenme que les cuente una historia. Estaba en tercero de carrera y el azar de los horarios quiso que los jueves, tanto mi madre como yo volviéramos temprano a casa a mediodía. Ella pasaba por la pescadería, de donde traía calamares, boquerones y salmonetes. A eso de las dos, nos metíamos en la cocina. Mi madre limpiaba el pescado mientras yo preparaba la harina y la freidora.

Después, mientras ella picaba los tomates y la cebolla para la ensalada, yo enharinaba el pescado y lo freía. «Dale otra vuelta a esos boquerones», me decía si los veía poco blancos. O, al contrario, «pásalos otra vez por el cedazo, que tienen demasiada harina». No era lo mismo enharinar los calamares que los boquerones. Con los salmonetes, de hecho, no me atrevía y siempre los hacía ella.

Con el aceite, lo mismo. No sé cómo lo sabía, pero siempre acertaba si el aceite estaba ya en su punto o había que dejarlo calentar un poco más. También había que ser muy fino con la cantidad de pescado que iba en cada viaje. Y con el momento de sacarlo.

Mientras, charlábamos de esto y aquello, del día a día, de cómo había ido la semana, de las clases, de lo que pasaba en Granada, de qué andábamos leyendo. Aquellas frituras de los jueves se convirtieron en un rito familiar que no me lo perdía por nada del mundo. Durante un puñado de meses, los jueves no había cañas con los amigos o pachangas de baloncesto. Los jueves, pescado. Después llegó el verano y, el curso siguiente, los horarios ya fueron otros, que cuarto de Derecho era demasiado exigente, con sus seis asignaturas. Se rompió la magia y no se volvió a dar aquella sensación tan cálida y familiar de forma continuada.

Treinta años han pasado desde entonces. ¿Cuántas veces habré comido frituras de pescado en este tiempo? Innumerables. En Granada capital o en la Costa Tropical. En España y en el extranjero. Pescado frito en buen aceite y también en engrudos sobre los que mejor no profundizar. ¿Alguna de ellas consiguió devolverme a la vieja cocina de la casa de mis padres? Ninguna. Jamás.

Hasta que estuve en Bar FM y sobre la barra aparecieron esos boquerones y salmonetes preparados por Rosa Macías o por su sobrina Leticia, qué más da, en una freidora sencilla, de andar por casa. El aroma al aceite de oliva fresco impregnaba el ambiente y los recuerdos volvieron en cascada, de forma torrencial.

A través de la comida podemos recuperar momentos de nuestra vida que permanecen ocultos, esperando a que un bocado prodigioso los desentierre y los devuelva a la vida. En Bar FM pude disfrutar de uno de esos instantes mágicos que le dan sentido a todo.

Durante unos minutos, viajé en el tiempo y volví a compartir con mi madre confidencias, bromas y risas mientras pasábamos los boquerones por el tamiz y esperábamos a que los calamares se doraran una pizca más. Momentos así, experiencias como esta, para mí, no tiene precio.