Recuerdos de chocolate. / J. L.

Gastrobitácora

La onza de chocolate de Proust en Amazonia

Un postre imprevisto tras una cena multicultural nos devolvió a las tardes más íntimas de nuestra infancia, demostrando el poder de un sencillo bocado para hacernos viajar en el tiempo

Jesús Lens
JESÚS LENS Granada

El pasado sábado viví una regresión gustativa que ríanse ustedes de la magdalena proustiana y su 'En busca del tiempo perdido'. Fue un vertiginoso periplo que me devolvió a la década de los 70 del pasado siglo, a la cocina familiar a la hora de la merienda.

Todo comenzó a la salida del teatro Isabel la Católica, donde habíamos estado viendo 'La máquina de Turing', una estupenda obra de teatro en la que se juega magistralmente con el concepto espacio-tiempo. Para cenar, habíamos reservado mesa en Amazonia Fine Foods. Es un sitio al que le tenía echado el ojo desde hace tiempo.

Haciendo honor a su nombre, la decoración del local es verde y exuberante, florida y vegetal. De hecho, al ir al baño, la banda sonora está conformada por la grabación del incesante runrún de un nutrido y variopinto grupo de aves selváticas. La carta es larga y muy completa, con una amplia representación de un montón de gastronomías foráneas.

Como siempre en estos casos, me cuesta decidirme entre tanta propuesta a priori suculenta. Y diferente. Finalmente optamos por un popurrí muy multicultural, abriendo el fuego con unas flores de alcachofa a la brasa con jamón, foie y huevo de codorniz. Con este plato cumplimentamos el cupo de la comida española y casi, casi el de la gastronomía europea. Por cierto que la flor de alcachofa empieza a ser mi bocado por excelencia del 2022…

El otro entrante: Dúo Hummus, con su Baba Ganoush de berenjena ahumada y paté de garbanzos, unas crudités y el proverbial pan de pita de origen árabe. Es una delicia que me reenvía a aquellos memorables periplos de antaño por Oriente Medio. Un bocado de Baba Ganoush y vuelvo a estar en aquel caserón del casco antiguo de Damasco. O cenando tras haber pasado el día en la Petra nabatea. O almorzando a la orilla del Mediterráneo, en la Sidón libanesa. ¡Ays!

Seguimos adentrándonos en Oriente y llegamos a los confines de Tailandia y alrededores gracias al pasaporte gustativo aportado por un Pad Thai de pollo levemente picante, con sus fideos de arroz, huevo, cebolla morada, zanahoria, rabanitos, pepino, brotes de soja, cacahuete tostado y shichimi.

Continuamos emulando a Juan Sebastián Elcano e hicimos parada sudamericana gracias a un fastuoso Wok selvático de lubina salvaje, también un poco picoso, con sus fideos de arroz, bimi, espárragos, cebolla morada, zanahoria, rabanitos, brotes de soja, cacahuete tostado y pepino. Y terminamos arribando a África, donde todo comenzó, con un pollo picantón deshuesado a la brasa, acompañado de arroz africano.

A esas alturas de la pitanza, aunque habíamos cenado despacio, disfrutando de la charla al calor de una exquisita y viajera selección musical, ya no podíamos más y pedimos la cuenta. Antes, el atento y cálido personal de la casa nos sorprendió con un último bocado: un pan brioche con un par de onzas de chocolate encima, limadura de chocolate blanco, sal y, rematado en la mesa, un chorreón de aceite.

Fue darle un bocado y volver a tener 10 años. Ya no estaba en la Carrera del Darro en una fría noche de invierno, sino en la calidez de la cocina familiar, merendando aquel pan con chocolate tan sencillo como imbatible, repasando los cromos para pegar en el álbum antes de hacer los deberes o de ver Mazinger Z. No se me cayeron dos lagrimones de milagro.

Luego llegarían el bollycao, las cuñas y las palmeras de chocolate, pero el sabor primordial, básico y original era un trozo de pan con chocolate. Y ya. No me extraña que en Amazonia hayan bautizado a ese postre como 'Recuerdos de chocolate, pan, aceite y sal'. Tras un recorrido culinario por gastronomías de medio mundo, terminar haciendo escala en nuestra infancia más tierna y remota no tiene precio. ¡Gracias y enhorabuena por la idea!