Aunque nació en Bélgica, Colin lleva desde los 12 años en Salobreña, localidad desde la que realiza proyectos para diferentes rincones del mundo.

El salobreñero belga que capta el alma de los restaurantes

Colin Bertholet, interiorista. «Todo debe ir en consonancia» Trabaja como interiorista en su taller de Salobreña, en el que ha puesto su firma a una gran cantidad de negocios hosteleros

ALBERTO FLORES

Al entrar en un restaurante, el comensal debe vivir una sensación diferente. Que la reunión de cada pequeño detalle conforme una obra de arte y que el diseño del local realce el plato que va a probar para que todo vaya en consonancia y el resultado sea magnífico. Con ese concepto de consonancia perfecta podríamos definir la aportación a cada uno de los proyectos para la hostelería de Colin Bertholet, un interiorista procedente de Bélgica que lleva prácticamente toda su vida en Salobreña. Ha diseñado lugares tan diferentes como el interior del Ayuntamiento del municipio, el apartamento en Sierra Nevada de Ana Torroja, varias decenas de bares y restaurantes, o un hotel en Panamá, proyecto en el que trabaja en la actualidad.

El diseño de interiores es algo que cada día cuenta con mayor importancia en el mundo de la restauración. Un sector en el que todo cuenta, no solo las creaciones de los chefs. «Imagínate un restaurante en el que ofrecen los mejores platos pero que la silla es incómoda o que no funciona bien la extracción de humos», comenta Colin al ser preguntado por sus diseños para los negocios gastronómicos. Lo importante, según él, radica en ofrecer todo un conjunto, «una experiencia», que invite al comensal a querer salir de casa y «no quedarse en el sofá viendo Netflix».

Raíces ligadas al arte

Colin Bertholet es de Bélgica aunque, como él mismo cuenta, volvió a nacer a la edad de 12 años en Salobreña. Su familia había comprado una casa en el municipio costero y tras fallecer su padre, su madre decidió rehacer su vida en la provincia de Granada. «Tuvo un gran valor y el enorme acierto de traernos aquí y es algo de lo que me alegro muchísimo porque soy más de Salobreña que de cualquier otro sitio», asegura el interiorista. Siempre tuvo claro cual sería su camino en la vida, lo que le llevó a formarse en la Escuela de Arte de Motril en la década de los 80. Un momento en el que no había un gran interés por el diseño, a diferencia de hoy día que se trata de un ámbito muy valorado. «Éramos poco más de tres o cuatro alumnos en clase y cuando explicaba lo que estaba estudiando mucha gente se creía que era pintor de casas»», recuerda Colin entre risas.

Esa vocación por el diseño siempre estuvo presente en él a modo de herencia. Su familia siempre ha tenido una gran cultura por la estética, con su madre trabajando en alta costura y su padre como fotógrafo. «Ahí fue donde comenzó todo. Me encantaba crear objetos de todo tipo y con el diseño de interiores era como encontraba lugar para esas creaciones». Unas creaciones con las que Colin años más tarde pondría su firma en cientos de lugares diferentes de todo el mundo. M arruecos, Panamá, República Dominicana… Sin olvidar algunos de sus trabajos más especiales en la Costa Tropical como los diseños de los restaurantes Zarcillo y Arais, en Motril y Salobreña respectivamente.

El interiorismo en hostelería

Sobre su trabajo en los negocios de restauración, Colin confiesa que lo que él ofrece es solo la parte de un proyecto. «He estado en restaurantes maravillosos en los que he comido fatal y al revés», reflexiona el diseñador, que recalca la importancia de que todo vaya «en consonancia» en los negocios dedicados a la gastronomía. Trabajar en conjunto para que la experiencia sea completa en todos los sentidos. Algo para lo que el interiorista debe conseguir plasmar la forma de ser del propietario o del cocinero en el local, que cuando se esté en el restaurante se pueda percibir que en cada rincón hay parte de su personalidad. Huir de las modas y hacer que todo vaya ligado entre sí, al igual que sucede con las elaboraciones en cocina su respectivo maridaje.

«La decoración influye en todo, es un encaje a medida de cada uno de los aspectos. Mi trabajo consiste en sacar el alma del restaurante para transmitirla en el local», un proceso creativo que requiere de un encaje a medida en cada uno de los detalles. La clave de sus diseños, al igual que sucede con un buen vino, es la de realzar las creaciones de la cocina. Huir de mensajes típicos como el de «aquí se come como en casa» y ofrecer algo distinto, una experiencia total que sea un festival para los sentidos y que invite a probarla porque, como dice Colin, «para comer como en casa yo me quedaría en mi sofá».

La decoración tiene un papel cada vez más importante en la hostelería, al igual que otros aspectos a los que antes no se dedicaba mucho tiempo como el diseño de las cartas o el de los cuartos de baño. «Ahora los espacios se estudian mucho más, se presta más atención a los detalles, por pequeños que sean, y todo se está refinando», analiza Colin, que también deja claro que el interiorismo no lo es todo en estos negocios porque «de nada sirve tener el local más bonito del mundo si no está acompañado por todo lo demás». En cuanto a la situación de la hostelería por la crisis derivada del coronavirus, el diseñador belga está preocupado porque «los pequeños restaurantes exquisitos de tres o cuatro mesas son los que más van a sufrir». Un panorama «oscuro» también para su trabajo porque «ahora mismo la gente no piensa en decoración, sino en sobrevivir». Sin embargo, ofrece como clave la receta que le ha dado tanto éxito: apostar siempre por la creatividad y la perfección.