Despensa

Soledad, la peor dieta para la vejez

La falta de compañía favorece la desnutrición, sobre todo en los mayores, con sistemas de detección del hambre más debilitados

FERMÍN APEZTEGUIA

La comida es para compartirla. Sabe mejor y sienta mejor. La soledad, la soledad impuesta, resulta por ello uno de los mayores enemigos de la salud humana, especialmente en la vejez. La obligación de comer sin más compañía que la de un transistor, la aplicación más tonta para móvil, quizás ni siquiera eso, afecta de manera muy importante en el bienestar físico y emocional de las personas mayores.

No se trata de una cuestión meramente humana, que también. Un trabajo de campo publicado recientemente señala que un 13% de las personas mayores de 65 años no disfruta comiendo y que un 19% se sienta a la mesa solo todos los días. Sin nadie más que él mismo de lunes a domingo. No es el primer trabajo que llama la atención sobre este asunto. Tampoco son simples cifras. Es la expresión del que representa posiblemente el mayor desafío que como sociedad tiene hoy la Humanidad, con permiso del cambio climático y la sinrazón.

«La alimentación es un acto social», ratifica la geriatra Naiara Fernández, directora asistencial de la red IMQ Igurco. «Las personas que viven solas suelen tener más dificultades para salir a la calle, hacer la compra, alimentarse... Al final entran en un círculo vicioso de efectos negativos para la salud», explica.

El bienestar mejora cuando se come en compañía, se charla sobre las aficiones y proyectos comunes y se siente el calor y el afecto de quien está al lado. ¡Es lógico! En cambio, cuando en la mesa sólo va a ponerse un plato ocurre justo lo contrario.

No basta con un yogur

Como da más pereza cocinar, uno sale menos de casa para ir al supermercado. Por no ponerse el delantal para prepararse una cena como Dios manda, con frecuencia ese uno acaba yéndose a la cama con una cena con tan poco fundamento como un yogur o un vaso de leche. «Ese hábito a la larga se paga con años de vida», advierte Fernández. Las enfermedades crónicas y el debilitamiento del sistema inmunitario propios de las personas mayores exigen que a partir de cierta edad, más que nunca, la dieta sea rica en proteínas («aunque sea, huevos») y se ajuste al patrón mediterráneo.

El régimen alimentario tiene que incluir frutas, verduras, legumbres, pescado y carne blanca más que roja. Ha de ser una dieta sana y equilibrada, en la que sólo se excluyan o se limiten los alimentos que manden las necesidades individuales de salud.

Las personas de más edad y con los sistemas de defensas más debilitados han de concienciarse, incluso, de algo que, seguramente, han oído hasta la saciedad y no les gusta escuchar. Tienen que comer aunque no tengan ganas. Con frecuencia, la falta de apetito en los mayores no se debe a que ya estén cubiertas las necesidades de alimento de su cuerpo, sino a un fallo del mecanismo regulador del apetito.

Anorexia ligada a la edad

Lo mismo que con la vejez se deterioran los órganos y cada vez se ve peor, se oye menos y todo va fallando, los dispositivos naturales del hambre y la sed se desgastan. Una persona mayor puede sentir que no tiene ni pizca de ganas de comer ni beber, pero su cuerpo está necesitando hacerlo tanto como respirar. Ocurre y mucho.

La medicina habla incluso de anorexia asociada a la edad, que nada tiene que ver con la anorexia nerviosa de la adolescencia. No es un problema de salud mental. sino de falta de apetito (que eso es la anorexia). ¿Por qué se produce? Es un proceso ligado a la cronicidad y a determinadas medicaciones que requiere su afrontamiento. Disminuye la secreción de saliva, degenera el sistema nervioso, cae el apetito, se come peor... y acaba desnutrido. Si encima los precios suben al ritmo actual, comer bien para mayores con pensiones limitadas se convierte en una odisea.

Por difícil que le resulte, procure que no coman solos. No lo permita. Está perdiendo tiempo con ellos; y son sus padres.