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El tranvía de la Sierra
Destinos con sabor

El tranvía de la Sierra

Pablo Amate

Viernes, 14 de abril 2023, 00:35

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Ustedes pensarán qué relación tiene un tranvía serrano con mi columna gastronómica. Mucha y por eso escribo estas letras. Dado que el alcalde de Güéjar Sierra, con gran idea, quiere recuperar ese bucólico medio de penetrar a la otra Sierra Nevada. La de Maitena, el apeadero de El Charcón, que tenía una finalidad concreta. Dado que era el punto donde por medio de carromatos se subían los avezados turistas alpinos, al mítico Hotel del Duque, llamado así por ser todo iniciativa del Duque San Pedro de Galatino, creador del mítico hotel Alhambra Palace e impulsor del turismo de montaña

Ritos gastronómicos

Toda mi adolescencia y juventud las pasé por esos lares. Tuve la suerte y el honor de entrar en el mítico Club El Saday, que dirigía el Padre Ferrer, con el que hice largas travesías. Primero en el tranvía. Yo salía de noche de mi casa y directo acudía a comprar pan, recién salido del horno de la calle Seco de Lucena. Además de unas jayuyas, calentitas. Todo a la mochila. Bajar por la cuesta de El Pescado y ya en el Salón, directo a la parada del tranvía. Con cara de sueño, pues partía a las siete de la mañana, aún de noche comenzaba su recorrido. Siendo a partir de Canales, con los túneles excavados a pico y pala. En esa primera parte me comía la jayuya, tan contento.

Tomates recién cortados

Jamás olvidaré, y queda en mi memoria sensorial, el olor a planta tomatera fresca que inundaba el 'coche motor', nombre que recibía el tranvía tractor. El tranviario maquinista paraba en medio del camino, a la verita del río. Bajaba a la tomatera, subía tres ejemplares rubicundos, y mientras que volvía a poner en marcha el convoy, echaba un poquito de sal gruesa, que tenía junto a la manivela, liado en un papel de estraza. Aquellos efluvios abrían el apetito común y caía el primer bocadillo de salchichón de Alhama de Granada. Nunca, jamás llevábamos bebidas alcohólicas. Ni una cerveza. Era una norma no escrita pero no se llevaban ni en las travesías sobre nieve, escalada en hielo o roca. Duras subidas al pico de la Alcazaba, Veleta o Mulhacén. Sin que nadie nos dijera nada, solo disfrutábamos bebiendo a morro de los manantiales de las veredas, pechos y saltos de aguas de nieve.

Fiambreras con guisos

Eran metálicas, con presillas, que custodiaban los filetes empanados, tortilla de patatas, ensalada de tomate, cebolla, pepino, etc. Yo le tomé tirria al conejo en salsa. Mi añorado doctor Carlos Orte llevó en una ocasión un guiso que su madre, Doña Purificación, le hizo con cariño. Pero la fiambrera se abrió y estuvimos subiendo montañas con ese repetitivo olor a conejo en salsa. No he podido volver ni a olerlo. Como dice otro gran montañero, Juan Ortiz, si abren de nuevo el trazado, hasta el Barranco de San Juan, iremos con mochilas y grandes bocadillos. Eso sí, con jamón de pata negra.

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