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La ensalada que prepara Francisco Aguilar en Taberna Belmonte es un espectáculo... en todos los sentidos J. Lens
¡Vivan los clásicos! Taberna Belmonte y La Maestranza
Gastrobitácora

¡Vivan los clásicos! Taberna Belmonte y La Maestranza

Alquimia culinaria para acompañar a unos auténticos vinazos es lo que consigue Paco Aguilar en su pequeña cocina tabernícola. También volví a uno de los bares de mi vida

Jesús Lens

Granada

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Jueves, 13 de junio 2024, 23:37

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Habíamos estado en un acto literario en el Alcázar Genil, sede de la Fundación Francisco Ayala, y pasamos mucho calor. Era hora de refrescar el gaznate y, al estar relativamente cerca, nos animamos a visitar a Paco Aguilar, el viejo y tabernícola rockero, en su Taberna Belmonte, orilla de la calle Alhamar.

La primera cerveza desapareció a la velocidad del rayo. Para acompañar, unas tostas de guacamole con sardina servidas sobre un artístico plato que, con apenas unas líneas dibujadas, invitaba a acercar los labios, cerrar los ojos, besar, soñar y dejarse llevar.

A partir de ahí nos cambiamos a la manzanilla de la casa, la Solear de Barbadillo bien fría, conservada y servida en un recipiente metálico que habría hecho las delicias del mismísimo David Cronenberg. Y es que todo en la Taberna Belmonte tiene un toque estético, artístico, diferente y original. Único. Como único es Paco, que con él rompieron el molde.

¿Qué les puedo decir de la ensalada que llegó a continuación? No es que estuviera deconstruida, es que era una obra de arte en sí misma y lucía tan bien en el plato que revolverla y mezclarla nos pareció casi, casi una herejía. Le hicimos unas cuantas fotos desde distintos ángulos, como si de un guepardo en plena sabana se tratara, y con algo menos de 'regomello' le metimos mano. Con prudencia al principio; con ansia devoradora inmediatamente después. Su tomate picado, su pepino, su burrata, nueces, pasas y unas lascas de embutido para terminar de darle cochura y consistencia… Uno podría alimentarse un mes de esa ensalada y no cansarse.

Entonces llegaron ellas, mis favoritas: las alcachofas. Ya saben que me gustan desde el mismo nombre. Alcachofa. ¿Se puede molar más? Dos modalidades, una con queso y otra con una deliciosa salsa picante. Para devorar de dos bocados. Y sí: fuimos reponiendo los catavinos con manzanilla bien fría.

Unas tortas dulces con su crema de queso y un toque de membrillo nos dejaron preparados para uno de esos platos que te reconcilian con tu pasado y tu infancia. ¿Se acuerdan de la película 'Ratatouille'? Pues yo también soy un adicto al pisto, al manchego en mi caso. Lo soy por parte de madre. A estas alturas de vida y después de haber visto la mítica película de Pixar, poco sentido tendría que nos detengamos a glosar el viaje en el tiempo al que te impulsa un plato como éste, con su huevo bien frito encima.

Para despedir el festival, una torta Inés Rosales y su poquito de chocolate, acompañada de un sorprendente vino dulce, pero en absoluto empalagoso, de Valdepeñas: el Néctar de Farruche, de Corrales Espinosa. Esta vez nos sentamos en la terraza, que de aquí a nada será imperativo categórico buscar el refugio climático bajo los aires acondicionados y aún apetecía estar al aire libre, por lo que nos perdimos la exquisita selección musical de ese rockero de los fogones que es Paco, cuyo compañero de sala es otro auténtico crack.

Camino de vuelta al Zaidín, además de comentar lo bueno que estaba todo y lo a gusto que habíamos estado, nos hacíamos una pregunta: ¿por qué habíamos tardado tanto en volver a Belmonte?

¿Y a La Maestranza?

Miren ustedes por dónde, lo mismo me pasó un par de días después, que nos fuimos a la fiesta de cumpleaños de Miguel Ríos en la Plaza de toros y, antes, nos pasamos por La Maestranza para hidratarnos debidamente.

Años pasé yendo religiosamente, todos los miércoles, al bar que más fríos tiene los tercios en toda Granada. El ritual compartido con mi cuate Pepe era jugar una pachanga de baloncesto, ducha, Maestranza y jazz. Les confieso que los jueves resultaban duros, pero éramos más jóvenes y aún nos sentíamos capaces de movernos entre las tinieblas de la noche.

Luego llegó la Innombrable y lo cambió todo, perdiendo rutinas. En fin. Que fue un gusto reencontrarme con Curro y su equipo. Volver a disfrutar de esos pinchitos, serranitos y cazón. Del jamón asado y de las carrilleras. Y de nuevo, la pregunta. Aunque ya no haya jazz en los aledaños del coso granadino, ¿por qué no me he dejado caer por La Maestranza en tanto, tantísimo tiempo? Habrá que remediarlo, digo yo…

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