Días para ir al mercado

El granadino mercado de San Agustín se ha consolidado como un destino de referencia que permite disfrutar de una rica y completa experiencia gastronómica

Los cocineros José Caracuel y Diego Gallegos, de compras en San Agustín./ALFREDO AGUILAR
Los cocineros José Caracuel y Diego Gallegos, de compras en San Agustín. / ALFREDO AGUILAR
JESÚS LENSGranada

Plato de marisco a 5 euros! La gamba blanca, la quisquilla y el gambón… ¡Todo el marisco cocido, a 5 euros! ¿Cómo resistirse a semejante llamado? Estamos en el mercado de San Agustín, que bulle de actividad, vida, jaleo, ruido y trajín. Escribo sentado en una banqueta, junto a una mesa alta, mientras veo pasar por delante de mí platos de pulpo a la gallega, pulpo en papillote y tartares de atún. Y la boca, lógicamente, se me hace agua.

Frente a nosotros, vestido con una llamativa camiseta roja, el responsable de la pescadería Ángeles despacha dos bolsas de producto a una clienta habitual, ataviada con un veraniego vestido, largo y fresco. En chanclas y bermudas, esperando su turno, una pareja de turistas extranjeros que han decidido comer en el apartamento turístico donde residen estos días en Granada. Se llevan unos lenguados frescos, frescos. Frente a mí, en fin, otro viajero aprovecha para dejarse limpiar los zapatos a la antigua usanza, algo que ya no se estila, mientras un vendedor de lotería asegura que lleva el Gordo de Navidad.

Es lo que tienen los mercados desde tiempos inmemoriales: son una mezcolanza de gentes, idiomas, colores, olores y, últimamente, también sabores. Porque al actual mercado de San Agustín se viene a mirar, a comprar género… y a comer. Mucho y bien. A comer pescado, marisco, sushi, carne a la brasa, batidos, pasteles y un etcétera tan largo como sean ustedes capaces de imaginar.

No arrancó con buen pie la transformación del mercado de San Agustín en espacio gastronómico, al estilo del popular mercado de la Boquería, en Barcelona, o el madrileño de San Miguel; pioneros en España en estas lides. No terminaba de arrancar y presentaba un aspecto bastante desangelado. Se trató de animar el cotarro a través de actividades culturales, como conciertos, pero nadie parecía creer realmente en la idea y siguió sin dar los frutos deseados.

Una vez que los propios comerciantes del mercado de San Agustín se hicieron cargo de la gestión del espacio, la cosa ha dado un giro de 180 grados, convirtiéndose en un lugar lleno de vida y de posibilidades para los amantes de la gastronomía. En plan informal, a base de tapeo de calidad, o sentándose a comer a mesa y mantel.

Me gustan los mercados. Los gastronómicos y los otros. Los de siempre. Los de toda la vida. En los mercados bulle la vida y son el mejor termómetro para tomarle la temperatura a pueblos y ciudades. En mis viajes, siempre trato de visitarlos. Son un espectáculo de luz y color, de aromas y de sabor. Si me pongo a recordar el tiempo pasado en mercados de México o de Guatemala —aquel maravilloso mercado de Chichicastenango donde compré un enorme machete que no sé cómo me dejaron pasar por la aduana— Marrakech o Malí… tendría para estar escribiendo un año.

Los mercados de abastos son lugares abiertos y democráticos. Igualitarios. Para todos lucen igual. Estos días he paseado por los de Salobreña y Almuñécar, donde la exposición de pescado fresco se convierte en una de las bellas artes. Y en el mercado improvisado de Pórtugos, a la entrada del recinto donde se celebraba el Festival de Música Tradicional de la La Alpujarra, con sus panes, sus quesos, su jamón y sus chacinas.

En San Agustín, tras disfrutar de un plato de gamba blanca y un vino blanco muy seco en Serie Oro, pensamos en pedir sushi, pero finalmente optamos por cambiar de tercio y nos pasamos a los encurtidos y a las carnes de La Picatería, donde disfrutamos de un solomillo de ternera poco hecho que nos supo a gloria. Y las tapas, que no dejan de llegar mientras apuramos un par de copas de vino Prado Negro, de 'nuestras' cercanas bodegas Fontedei.

Pero lo mejor de comer en el mercado de San Agustín es que, al terminar, te puedes llevar mil y un productos para prolongar el placer en casa. Como homenaje a los consejos de Álvaro Pedraza y Álvaro Arriaga en el Gourmet de hace un par de semanas, nos hacemos con unos boquerones en vinagre con una pinta estupenda. Y con unos encurtidos a base de tomates secos, aceitunas gordas y queso que nos permiten relamernos de gusto por anticipado.

Disfrutar de los placeres sencillos de la vida es mucho más fácil y mucho más sabroso en un espacio tan singular y bien acabado como nuestro renacido mercado de San Agustín. ¡No dejen de visitarlo!