Bodegón con besugos, naranjas, ajo, condimentos y utensilios de cocina de Luis Egidio Meléndez.

Gastrohistorias

Bodegones. De la Taberna al Arte

Las naturalezas muertas del Museo del Prado muestran ingredientes, técnicas culinarias, hábitos alimenticios e incluso recetas de cocina casi completas

ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEA

No sé cómo lo verán ustedes, pero a mí lo de «naturaleza muerta» siempre me ha sonado demasiado mórbido. Como a cosa siniestra y malsana, que remitiera a cuadros llenos de bichos despellejados y carnes sangrantes. En otros idiomas como inglés u holandés tienen expresiones bastante más pacíficas para referirse a las representaciones de objetos inanimados: 'still life' o 'stilleven' significan 'vida tranquila o quieta'. Incluso en rumano, por ejemplo, se denomina 'natura statică', unas palabras bastante más adecuadas para un género pictórico lleno de belleza. ¿Belleza, he dicho? ¿Armonía? Quizás sí, si aprovechando una visita al Museo del Prado en honor a su bicentenario nos remitimos a los maravillosos cuadros con flores de Juan van der Hamen o a la exquisitez minimalista con que Francisco de Zurbarán pintó su menaje de cocina. Pero la naturaleza muerta o bodegón tuvo unos comienzos bastante más sucios. Cuando a finales del siglo XVI se asoció por primera vez el término «bodegón» a la pintura, esta palabra no tenía más que connotaciones chuscas y populacheras.

Un bodegón, tal y como explica Sebastián de Covarrubias en su 'Tesoro de la lengua castellana' (1611), era entonces el establecimiento más bajo dentro del sector de la hostelería; un sótano anexo a una bodega o taberna de vinos «adonde el que no tiene quien le guise la comida la halla allí aderezada y juntamente la bebida». De bodega viene bodegón, un aumentativo que no connota precisamente elegancia. Tan modestos eran los bodegones en aquella España del Siglo de Oro que Covarrubias agrega que lo que más se vendía en ellos eran asaduras y tripas (la casquería era unos de los alimentos más baratos) y que los bodegoneros o bodegoneras, quienes mandaban detrás del mostrador, andaban ordinariamente sucios y grasientos por las pitanzas que aderezaban y solían ser «gordos y flojones por la vida que tienen tan viciosa».

Rastreen ustedes las novelas picarescas de la época y las encontrarán llenas de bodegones mugrientos y oscuros, lugares en los que se reunían Buscones, Lazarillos y pícaras Justinas en busca de algo que echarse al estómago. Desde luego no eran pisados por los coleccionistas de arte. A pesar de ello, las naturalezas muertas de recia factura nacional –y con ellas todo un género artístico– han pasado a la historia como «bodegones». La Real Academia no incluyó hasta 1726 la acepción para esta voz de «lienzos en que están pintados trozos de carnes y de pescados y comidas de gente baja», pero ahí está la clave.

Al contrario que otras representaciones pictóricas que habían incluido alimentos como atrezzo o dentro de una obra de tema alegórico, religioso o mitológico, los primeros bodegones de comida retrataron utensilios, ingredientes o escenas populares de pitanza íntimamente relacionados con el pueblo llano. En vez de mostrar fabulosos banquetes propios de la clase aristocrática, algunos cuadros comenzaron a exhibir elementos propios de la domesticidad plebeya, ésa que los privilegiados podían conocer pisando un bodegón. Y así, descrita como «con cosas de cozina y bodegón» aparece descrita en 1588 una pintura del Real Alcázar de Madrid. Para entonces Pieter Aertsen y Joachim Beuckelaer ya habían puesto de moda en Flandes las escenas de mercado y cocina, una fórmula que pasaría primero a Italia y luego a España tomando por el camino un tono burlesco y ordinariote, mostrando a carniceros con el mandil sucio o a cocineros achispados en lugar de a inmaculadas señoritas flamencas. Aquellas «pinturas ridículas» –así se llamaron– fueron consideradas obscenas, corruptoras e indignas de estima artística, pero acabaron triunfando. Seguramente porque con el tiempo fueron perdiendo personajes menesterosos y a cambio fueron adquiriendo equilibrio, hermosura y maestría, tal y como muestran las obras que de Juan Sánchez Cotán, Tomás Hiepes, Alejandro de Loarte o Juan Fernández 'el Labrador', entre los muchos bodegonistas españoles que atesora el Prado.

Uno de los más conocidos para ustedes será Juan Egidio Meléndez (1716-1780), pintor español nacido en Nápoles de quien el museo madrileño posee 40 bodegones. Su exquisito dominio del pincel, su perfeccionismo en los detalles y sus geniales juegos de luces y sombras los dedicó a la producción de naturalezas muertas. Eterno postulante a una plaza de pintor de cámara en la corte de Carlos III, acabó sus días como pobre de solemnidad a pesar de haber recibido encargos de palacio como la serie de bodegones que ahora se reparten el Prado y Patrimonio Nacional. Lo interesante está en que él mismo declaró en 1772 que su intención había sido la de crear una colección sobre «las cuatro estaciones, y más propiamente los cuatro elementos, a fin de componer un divertido gabinete con toda la especie de comestibles que el clima español produce». Es decir, que Meléndez quiso hacer un inventario completo de cuanto de comer había en la despensa nacional, habiéndose limitado hasta entonces a completar la serie de los frutos terrestres «por no tener medios para seguirla».

Efectivamente, los cuadros que de este pintor están en el Prado son en su mayoría representaciones de frutas, pan, quesos y modestos cacharros de cocina que muestran el aspecto de una cocina doméstica de honda raigambre española. Viendo el catálogo de sus obras y sabiendo las estrecheces que pasó Meléndez, uno no puede sino alegrarse de ver unos chorizos, pichones o un chuletón, imaginando cómo el artista pudo haber recibido una paga sustancial y de qué primorosa manera pintaría los ingredientes antes de degustarlos en su propia mesa. A partir de 1772 comenzó seguramente la serie dedicada a los frutos del mar, porque de ese año son tanto el 'Bodegón con ostras, ajos, huevos, perol y puchero' como el de besugos y naranjas que ilustra estas líneas. Un conjunto de elementos (un paquete de especias, ajo, aceite en la alcuza, un almirez, naranjas y pescado) que se utilizaba en aquel tiempo para hacer una receta concreta, la de besugo en escabeche, que pueden encontrar ustedes tal cual en el 'Nuevo arte de cocina' de Juan Altamiras (1745). Quizás era el recetario que Luis Egidio tenía en casa…