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Sr. García
El colorado
Opinión

El colorado

Un comino ·

Benjamín Lana

Viernes, 24 de mayo 2024, 00:12

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Ni Frida ni Diego han perdido el gesto. Han pasado al menos veinticinco años desde que vi sus retratos por primera vez colgados de aquella pared roja, bajo un imponente sombrero charro. El mundo es otro y nadie sabe ya calcular en pesetas. Transitamos por un nuevo siglo en el que nada nos sorprende. Lo más inverosímil es posible, desde una guerra convencional en el corazón de Europa hasta un convento entero de clarisas que hace chocolates renunciando al Papa y siguiendo a un obispo excomulgado.

La vida continúa, pero el tiempo se detuvo en El Colorado Express, la cantina mex del calle Martín de los Heros –la más cinematográfica de la ciudad de Madrid– , en el momento justo de nuestras vidas en el que la cultura y la farra se habían amancebado, cuando éramos suficientemente mayores para disfrutar de la tarde tanto como de la noche, pero no tan viejos como para no poder aguantar sin pestañear dos tequilas y tres 'chelas'.

Los cines Golem y los Renoir Princesa ya no se llenan de los 'culturetas' que no perdonaban la peli subtitulada antes de 'salir' y pasaban por El Colorado a encontrarse y zamparse unos tacos o una sincronizada con un tercio de XX o de Negra Modelo. Cuando se encienden las luces al final de la sesión –en estos sitios extraños todavía se mantiene el respetuoso gesto de esperar a que pasen todos los títulos de crédito– la mayor parte de las gafas no son ya de pasta molona, sino de ver de lejos. Cuesta mucho asumir que 'Amèlie', 'Lost in Translation' o 'Ciudad de Dios' ya cumplieron más de veinte y 'Boyhood' o 'Bestias del Sur salvaje' más de diez. El mundo suena afinado en otra clave, aunque algunos sigamos viviendo en la de antes en este pentagrama que es la vida.

En el Colorado suena la misma banda sonora optimista y setentera. Allí sigue el retrato de Antonio Aguilar, el héroe popular de México, actor y cantante de música ranchera y norteña, como no ha habido otro, el hombre que compuso la más grande: 'Caballo prieto azabache'. Y un poco más arriba, sobre el rinconcito donde las dos viejas licuadoras Osterizer trituran inasequibles al paso de los años el hielo de los cócteles, una foto recuerda el gesto de los atletas Tommie Smith y John Carlos en el pódium olímpico del México del 1968 levantando sus puños enguantados en negro haciendo el 'saludo del poder negro'. Y más allá, gánsters, gentes de buen vivir y mal morir y otros héroes y antihéroes tan trasnochados como puros gracias a que el tiempo no los convirtió en caricaturas de si mismos.

Miguel y su comida

En aquellos años en los que desconocíamos la palabra 'Netflix' , la vida que nos gustaba se reflejaba en aquel rincón de un México inventado donde había dos cosas imbatibles que siguen intactas: Miguel y su comida. Miguel es el patrón de la cantina y del espíritu colorado, un tipo que pactó con el diablo mucho mejor que Sabina, con tantas noches vividas como él, fiel a lo que siempre quiso ser, pegado a su gente de noche y a sus libros de día que comparte piso pasados los sesenta y que no ha dejado que las modas le muevan el tupé ni le cambien el bar. Un talento descomunal haciendo feliz a los demás que sigue igual de fresco que sus afamados margaritas on the rocks.

Después de Miguel está su comida, que por algo llega este artículo a este rincón culinario, no se aflijan. Aparentemente las suyas son especialidades de cocina tex-mex de la que hoy ya está inundada la capital, pero poco más que el nombre comparten sus platillos con los que se venden por ahí. En el Colorado se elabora a diario desde cero desde la salsita de tomate hasta el guacamole y también la cochinita pibil que se guisa durante horas en la minicocina del bar y se desmiga a mano antes de que llegue la peña. Doy fe de ello porque alguna vez me tocó ayudar a ponerla a punto cuando las horas habían ido demasiado deprisa. Hace un viernes, por cierto, seguía igual de deliciosa que entonces. Créanme cuando les digo que este artículo no es pura nostalgia de la juventud que un día se fue, sino un corrido optimista, porque los bocados del Colorado siguen sin ser superados por bar alguno al Oeste del Manzanares.

Por orden, mis favoritos son los tacos de cochinita pibil, elaborados con carne de aguja de cerdo macerada en naranja y achiote, con jalapeño, después los de pollo con mole poblano, con el justo punto de especias y picante para este lado del globo y si acaso sigue el hambre o se alarga la noche, que puede pasar, le doy a la quesadilla de harina de trigo con queso, guacamole y huitlacoche. Pero allí hay 'gochadas' de las buenas, como hot perros de campeonato, y otras especialidades americanas más finas –no solo de México vive el hombre– como empanadas criollas, tamales de pollo en salsa verde o de magro de cerdo en salsa roja.

Prueben a volver al cine, como antaño, y denle una oportunidad al Colorado. Nunca es tarde, así hayan pasado veinticinco años.

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