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Opinión

Mensajes del azul y del ocre

Un comino ·

Benjamín Lana

Viernes, 28 de junio 2024, 00:25

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En el regreso de cada viaje no me importan las sorprendentes fotografías de rincones idílicos ni mi imagen forzando una sonrisa frente a un lugar impactante, sino los hilos invisibles que me dejan conectado a otras personas, algunas conversaciones, ángulos diferentes de mirar la vida y hasta algunas ideas para incorporarlas a mi exigua base filosófica personal.

Regreso de Tenerife, del VI Encuentro de los Mares, ese evento que reúne a oceanógrafos y biólogos marinos con cocineros, periodistas, pescadores y otras gentes del mar, con la mochila llena de preguntas y de dudas, con las baterías del compromiso cargadas de nuevo, con alguna certeza que me da seguridad y optimismo vital y con muchos números nuevos en teléfono de buena gente.

Me alegra saber que los científicos de toda procedencia y disciplina están de acuerdo en que la proteína que sale del mar es la más saludable de todas y la que menor huella de carbono provoca. Hay que comer pescado, más pescado. Las abuelas tenían razón –casi siempre la tienen– cuando decían que hay que darle a la sardina. Stop. Estamos dejando de hacerlo. Stop. Cada año, desde hace diez, consumimos menos que el año anterior. Comiendo pescado ayudamos a nuestro corazón, gracias a los minerales y ese ácido graso casi mágico llamado genéricamente Omega 3, pero también protegemos nuestro sistema inmunológico y la salud de nuestro cerebro. La dieta pobre en pescado que empieza a imponerse puede llevar en dos generaciones a los jóvenes a sufrir muchas más enfermedades mentales, si es que no lo está ocurriendo ya. Les denominan 'la generación de cristal', por la diferencia de fortaleza mental respecto a sus abuelos para los que las enfermedades mentales y el suicidio temprano eran patologías escasas. «No es que sean más frágiles por cuestiones educativas, es posible que esté influyendo el cambio de dieta, la intensa reducción del consumo de pescado», sugiere el profesor Carlos Duarte. La doctora Rosaura Leis, pediatra y una de las mayores expertas en dieta atlántica, asegura que desde la alimentación correcta de las futuras madres podemos, incluso, proteger a los bebés de riesgos futuros tan concretos como las alergias y el asma.

La huella ambiental

El sistema alimentario, es decir todas las acciones que llevamos a cabo en el mundo destinadas a producir comida, generan el 25% de las emisiones de gases de efecto invernadero, una cantidad descomunal. Si la FAO está en lo cierto, en el 2050 seremos dos mil millones más de personas que ahora, casi diez mil en total. ¿De dónde va a salir la comida necesaria? ¿Qué le puede pasar al planeta?

No todas son malas noticias. Una de las buenas dice que la huella ambiental de un sistema alimentario más azul y marino, en cambio, sería muchísimo menor que el terrestre y puede serlo aún más en el futuro si se sigue investigando en el modo aprovechar mejor los recursos del océano, la producción de algas y de pescados situados en la base de la cadena trófica. Ya saben, los superalimentos azules de los que algunas veces les he hablado; algas, mejillones… nada de salmones, por cierto. En la tierra la solución parece inviable. En el mar difícil, pero posible.

Me he tatuado con tinta invisible otra idea. No solo tenemos la responsabilidad de revertir el daño que hemos causado a los océanos, sino que también tenemos la capacidad de hacerlo, es posible, todavía sí, no parece que por mucho tiempo. Toca actuar rápido.

Los grandes peces no tienen pasaporte, son del mundo, viajan por el planeta persiguiendo su comida, como los humanos y los pescamos donde sea. Nosotros sí tenemos pasaporte y fronteras. Depende de donde te haya tocado nacer pasarás hambre o sufrirás obesidad. Cuando pensemos en lo que es caro y barato, en lo que queremos comer, deberíamos tener en cuenta no solo a nuestros vecinos de calle, sino a los vecinos del planeta. No valdrán soluciones que nos sirvan solo a los del pasaporte de los países ricos.

Aprendí también del profesor Duarte algo bello. Parte de nuestra inteligencia puede ser herencia de la inclinación artística de nuestras madres ancestrales. El ocre rojo mezclado con moluscos, la pasta con la que pintaban bisontes y peces en las cuevas ya hace 250.000 años, les daba una ventaja reproductiva gracias a los efectos beneficiosos sobre la fertilidad del hierro y de los minerales con los que se embadurnaban e involuntaria o voluntariamente terminaban en sus labios. Aquellos artistas eran mujeres en su mayoría, como atesoran el tamaño de las manos sobre los lienzos de roca, mujeres más fértiles que otras que dejaban su pensamiento complejo y abstracto como herencia. ¿No es bello?

El doctor Daniel Pauly, prestigioso biólogo y el científico más citado del mundo en temas de poblaciones del mar, repasa la trayectoria del homo sapiens como el gran superdepredador de la historia. Hace mucho que tenemos la capacidad de modificar la naturaleza y no lo hemos venido haciendo para mejor, la verdad, muy al contrario. ¿Lo haremos por una vez en sentido opuesto?

Necesitamos reequilibrar la relación entre los seres humanos y las poblaciones de peces, entre nosotros y los océanos, teniendo a la ciencia como guía de las innegociables acciones para lograrlo.

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