Calderos, cocidos, pucheros y otros platos de cuchareo

«Un día eres joven y al otro te encuentras feliz, comiendo unas lentejas calientes mientras llueve ahí fuera»

Calderos, cocidos, pucheros y otros platos de cuchareo
GABRIEL VILLAMIL
JESÚS LENSGranada

Disculpen la autocita, pero ese tuit gastronómico publicado el pasado viernes a mediodía tuvo un notable éxito y me sirve como introducción a la Gastrobitácora de esta semana.

¿Por qué nos parecen las lentejas tan de viejunos y desfasados? ¿Necesitan los platos de cuchara un equipo de publicistas o a un buen community manager que les quite el sambenito de antiguos? ¿A un médico que les haga un lifting o les inyecte bótox?

Les cuento un secreto: uno de mis momentos gastronómicos por excelencia, una de las comidas que jamás en la vida olvidaré, fue un puchero de coles disfrutado en La Alpujarra, en lo más crudo del crudo invierno.

Era final de enero. Mi compañera y yo decimos invertir cuatro días en recorrer el tramo alpujarreño del GR7, el sendero de gran recorrido que atraviesa nuestra provincia. Algo más de 100 kilómetros. Salíamos temprano, aunque sin abusar, después de un desayuno potente. Durante la ruta, de unos 20 o 25 kilómetros diarios, buscábamos una taberna donde tomar un reconfortante bocata de jamón o queso y una jarra de vino de la tierra, para no entretenernos ni embotarnos en exceso. Solo al final de cada jornada, después de una ardiente ducha, nos entregábamos a los placeres de la carne... armados de tenedor y cuchillo.

Aquel día había sido particularmente frío. De hecho, nevó generosamente durante la ruta y anduvimos perdidos un buen trecho, sin encontrar dónde comer. Llegamos al hostal ya de anochecida, entre imprecaciones, recriminaciones y el famoso '¿Qué hago yo aquí?' al que siempre se enfrentan los viajeros, más pronto o más tarde. La pareja que atendía el lugar se apiadó de nosotros y, aunque no eran horas, nos invitó a degustar un puchero de coles. Como les digo, nunca podré olvidar aquel prodigio que nos reconfortó por dentro y por fuera, templando cuerpo y espíritu y dejándonos prestos para continuar nuestra ruta al día siguiente.

Sabido es que en Granada hay cuatro estaciones: el invierno, el verano... la de autobús y la de tren. Así las cosas, es posible que, cuando lean estas líneas, ya estemos en manga corta. Sin embargo, mientras escribo, arrecian la lluvia y un viento helado. De hecho, cuando abren las nubes, los Alayos lucen cubiertos de nieve. Es tiempo, pues, de entregarnos al cuchareo, a los potajes, cocidos y pucheros de cocción lenta. Posiblemente, por última vez esta temporada.

¿Son ustedes de pedir platos de cuchara cuando salen a comer fuera? Porque no se estila. Pocas veces el concepto de 'casero' es tan literal, gastronómicamente hablando: los pucheros, en casa. De la madre de uno, a ser posible.

Afortunadamente, nuestros restaurantes ofrecen cada vez más cuchareo de calidad y a un precio muy ajustado en sus ofertas de entre semana. 'La Cueva de 1900' y 'La Tarasca', por ejemplo, los tienen como bandera. No hagan caso a quienes critiquen a los pucheros por ser pesados, empachosos o de digestión lenta. Si la materia prima es buena, un buen plato de cuchara hace olvidar cualquier mal trago de la mañana y te deja en perfecto estado de revista para afrontar la tarde con empuje y energía.

De las bondades de un buen puchero nos habla, por ejemplo, la mitología celta. ¿Saben ustedes qué objeto mágico existe entre su amplia y feraz cosmogonía? Junto a las míticas Lanza de Lugh que asegura las victorias, la Piedra de Fal que grita ante la presencia de un rey justo y la lumínica Espada de Nuada; tenemos al prodigioso Caldero de Dagda.

Dagda es el dios principal de la mitología céltica y el caldero de la abundancia es uno de sus símbolos más representativos. Un enorme caldero capaz de saciar a mil hombres... siempre que fueran buenos y nobles. La mala gente solo halla enfermedad y ruina cuando osa probarlo.

La historia del caldero de Dagda tuvo tanta aceptación y predicamento que ha sido adaptada por diversas mitologías y religiones, empezando por la cristiana, que lo convierte en el Santo Grial.

Gráficamente, ¿qué aspecto imaginan ustedes que podría tener el mítico caldero de los celtas? Yo no puedo evitar relacionarlo con otro memorable pote: el del druida de Astérix. ¿Se acuerdan ustedes de la famosa marmita en la que burbujea la poción mágica que convertía a los galos en invencibles? Aquella marmita en la que Obélix cayó de pequeño...

De aquí a nada estaremos sudando la gota gorda y solo le haremos ojitos a las sopas frías y a la cerveza helada. Aprovechemos este micro-invierno que nos ha traído la primavera para disfrutar de unas buenas lentejas, con o sin chorizo. De una exquisita, sólida y contundente fabada asturiana. De un castizo cocido madrileño.

Por mi parte, voy a buscar un buen puchero de coles, a modo de magdalena proustiana, para tratar de reverdecer aquellos días de excursiones y caminatas por las trochas de La Alpujarra.