Un comino

Mares y volcanes

BENJAMÍN LANA

Ahora que todo el mundo habla más que escucha, hay cosas que antes eran corrientes y ahora son realmente extraordinarias. Esta capacidad de emitir urbi et orbi con solo tener un teléfono móvil amenaza no solo con provocarnos tendinitis en los dedos, sino también en el cerebro. Se nos arrugan las meninges de tanto mostrarnos, fotografiarnos, y opinar de todo todo el rato. Si creciera el trigo a la velocidad de los egos hace tiempo que no habría hambre en el mundo. Digo esto porque llevo un par de semanas conviviendo con científicos de distintas partes del mundo, ampliando mi ecosistema habitual de cocineros y periodistas, y he vuelto a practicar el arte de la escucha de cosas realmente interesantes y a disfrutar del placer de aprender.

A unos, los geólogos y vulcanólogos, me los he encontrado en Lanzarote, en el Encuentro de Cocinas y Ecosistemas Volcánicos, y a los otros, los biólogos marinos y oceanógrafos, entre Huelva y Cádiz, en el IV Encuentro de los Mares. ¿Por qué no escucharemos más a los que saben como se hacía antes, con respeto por el conocimiento y humildad, con conciencia crítica, sí, pero alejados de esa fatua tendencia a pensar que nuestra opinión es valiosa por el hecho de ser nuestra?

Escena uno. Estamos embarcados frente a La Graciosa, uno de los paisajes más emocionantes de Canarias. Habla Miguel Ángel, un pescador de la cofradía de La Tiñosa, y dice con frontal franqueza y sin enojo alguno que la pesca se termina con su generación. Junto a él están la bióloga de la reserva marina y la responsable del geoparque mundial de la Unesco Lanzarote y archipiélago Chinijo. Frente a ellos, periodistas, científicos y cocineros literalmente de cinco continentes.

La continuidad del oficio

El problema no es la falta de peces en el mar, sino la continuidad en el oficio. Miguel Ángel cuenta cómo él se embarcaba con su padre desde los diez años y su padre con su abuelo desde la misma edad. El hijo de Miguel Ángel no puede subirse al barco de su padre porque la normativa vigente no permite hacerlo a los menores de edad ¿Alguien espera que el amor por el mar, el sentido del agua y la vocación se puedan desarrollar si uno no siente la fuerza del Atlántico bajo sus pies y ante sus ojos hasta que ha cumplido los 18 años?

Ha llovido recientemente en Canarias y Lanzarote está inusualmente verde. Gisli Matt, un grandísimo cocinero islandés, comenta desde la cubierta del barco que el perfil de islotes volcánicos es idéntico al de su país, al de su casa. La comunidad mundial de la gente de los volcanes empieza a reconocerse gracias a este encuentro. Tienen muchísimas cosas en común aunque sean canarios, nórdicos, maorís o ruandeses. El ser humano siempre ha crecido cuando ha roto el concepto de tribu.

Escena dos. En el coto de Doñana hay muchos más gamos que personas. Hay dunas, vida salvaje que mira sin miedo a los otrora depredadores sapiens y pinos que morirán cuando el viento de Levante empuje la lengua de arena y los tape. Volverán a nacer cuando el banco arenoso haya pasado en su camino hacia la marisma, en unos pocos años. Quizás alguno, el más fuerte, aguante vivo y sea testigo del tiempo. Pisamos un ecosistema natural lleno de muerte y de vida, como todos, pero cargado de esperanza.

Cuando el ser humano se hace consciente y abandona sus tendencias destructoras, la naturaleza vuelve por sus fueros. Y así se comprueba en este rincón extraño que separa y conecta dos continentes y lleva 40 años sin agresiones humanas severas.

Los periodistas tenemos que cambiar la narrativa sobre el mar. No todo es el fin, no todo son delfines ahogados en plásticos. Hay una esperanza científica, por tanto real, de salvar los océanos y de que en 2050 estén tan lustrosos como lo fueron antes de la llegada del vapor a los barcos. Es posible. Creo los datos y los análisis del biólogo marino Carlos Duarte.

La sabiduría del estómago

Mientras escribo se escuchan los mismos vientos que nos llevaron a conocer la finitud del mundo hace 500 años. Se habla de jarcias y cabos tensados, de alimentos y vinos que viajaron por la mar océana y regresaron junto a las especias. Pienso que el gran motor de la humanidad ha sido la comida de un modo mucho más relevante que las religiones y sus guerras, que las ideologías y las suyas. El estómago vacío es el más sagaz de los organismos, la inteligencia del hambre es de todos conocida. El lazarillo sigue viviendo entre nosotros.

El mar es la última frontera real. Nos guarda más de 3.000 especies animales que no comemos y qué decir de las vegetales para alimentar a los 10.000 millones de hombres y mujeres que seremos pronto. El futuro creo que no será verde. Si tiene un color será azul. No hay tierra virgen suficiente ni agua dulce para esa quimera de volvernos veganos.

El mejillón simboliza la esperanza. Mejora la calidad del agua, aporta proteínas y ácidos grasos imprescindibles para la alimentación humana y crece sin necesidad de aportarle alimento.

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