SR GARCÍA

Un comino

El menú sin

BENJAMÍN LANA

Mira que no se os puede dejar solos. Me ausento un viernes, el segundo en 266 semanas, y me encuentro con el patio totalmente revuelto. Me paso la Semana Santa y la de Pascua de 'vacaciones', entre ingresos y salidas de varios hospitales, sin enterarme de la misa a la media, y a la vuelta resulta que la gente va sin mascarilla en los bares, las autoridades sanitarias aspiran a quitar el vino y la cerveza de los menús y la hostelería está obligada por ley a dar agua del grifo gratis a los sedientos.

Menudo panorama. Cada uno de los temas tiene más miga que un cesto de hogazas. A lo mejor éste no es el sitio para entrarle a saco a lo de las mascarillas y por eso me voy a centrar en los otros dos. Tan solo un apunte sobre lo que me sugiere volver a ver rostros completos, gentes masticando en real, alguna mala jeta y muchas sonrisas, gracias a Dios. Para el mundo de la barra sí que es una gran noticia. Es como si hubiera llegado un nuevo 'destape', aquella alegría sesentera incontenible ante la visión de zonas del cuerpo humano casi ignotas. Una gota de AOVE que chorrea por la comisura de algún labio glotón… bailan los pintxos y las tapas con otra alegría, se sueltan cañeros y suenan las botellas.

Ya ven que cuando la cosa se pone seria lo fundamental es el humor porque a fuerza de vestiduras rotas y solemnidades no se suele arreglar mucho. Con socarronería, tampoco, se lo reconozco. Pero al menos la pasamos bien, que dirían en América.

Culpar a las palabras

Me molesta mucho que todo el mundo cargue contra las palabras, que a las primeras de cambio las conviertan en el paganini de los deslices mentales, de las malas ideas o de las infamias más abyectas. La culpa siempre se la llevan las pobres palabras. Esta vez, que si Sanidad quiere prohibir el vino y las cervezas en los menús del día de los restaurantes, luego que si sale un comunicado oficial que corrige la pérfida información y precisa que «solo recomienda» eliminar el vino y la cerveza, que en ninguna parte se dijo nunca lo de prohibir. Para la zambra política no hay tregua y si te pueden enganchar la cereza por el rabo te sacarán de la cesta, te 'descontextualizarán', y lograrán que parezcas malo o ridículo, y no sé yo qué será peor.

Al margen de que la intención del Ministerio de Sanidad de mejorar nuestra salud cardiovascular, primera causa de muertes en España, sea más que loable, el modus operandi me recuerda, por desgracia, a otros no muy finos. Políticos y doctores arrancan como las mulillas de la plaza, con orejeras, mirando solo el caminillo por el que ellos trotan, sin tener en cuenta lo que pasa en el ruedo de la vida. Que proponemos cambios sociales, culturales o de hábitos colectivos de grandísimo orden, pues no pasa nada. Con un decreto, carpetazo. Que nos olvidamos de las voluntades y deseos de los individuos, esos a los que queremos proteger, adultos y responsables de sus actos, para más señas, pues tampoco. Como mucho se acepta eso de vamos «rectificar la redacción».

La risa –habría que escribir la palabra esta vez con mayúsculas– llega cuando los doctos miembros del Comité Institucional que redacta la nueva Estrategia de Salud Cardiovascular del país, médicos y cargos institucionales, escriben que el objetivo es «promover la dieta mediterránea como modelo cardiosaludable, sin incluir consumo de alcohol», cuando precisamente uno de los elementos insoslayables y más singular de la tan traída y llevada dieta es la inclusión en la misma de un consumo moderado de vino con las comidas.

Una parte importante de la academia, al menos, sigue defendiendo que el fermentado de la vitis vinifera, ingerido en cantidades moderadas puede prevenir algunas enfermedades cardiovasculares o rebajar el colesterol malo. El vino es una bebida compuesta por muchas sustancias –menos del 15% del volumen es alcohol– que pueden ser beneficiosas para la salud, amén de placenteras para el paladar, algo que no debemos olvidar.

Todo para el pueblo...

La recomendación del 'comité institucional' no suena diferente a aquello del despotismo ilustrado: «todo para el pueblo pero sin el pueblo», recordarán. Dieta mediterránea, pero sin vino. Tiene su gracia. Que cada adulto se pida el menú como quiera, anden, que con lo del vino los homo sapiens llevamos 5.000 años y aquí seguimos. Ahora que está garantizada por ley la jarra de agua ya habrá ocasión de tomarse un par de buenos vasos y luego, una copita de tinto. Los taberneros y los distribuidores no andarán contentos, supongo.

El margen que deja la botellita de agua es más alto porcentualmente que el de la más cara botella de champán de la carta y ahora quién sabe cómo se podrá resolver. Que conste que a mí me encantan las del grifo de San Sebastián, del Añarbe, la de Granada o la de Madrid que bebo a diario y hasta la de Bilbao, esta última tanto en versión de canilla o de botella verde con burbujas.