El Rocío, sensaciones y sabores

Las carretas abandonan Granada camino al Rocío en el año 2016./Alfredo Aguilar
Las carretas abandonan Granada camino al Rocío en el año 2016. / Alfredo Aguilar

Hay muchos 'opinadores' que juzgan el Rocío sin haber estado allí. Ni lo conocen ni lo han vivido. Los auténticos romeros son herméticos, porque saben y no necesitan presumir de serlo ni manifestar lo que ellos sienten

PABLO AMATEPREMIO NACIONAL DE GASTRONOMÍA A LA MEJOR LABOR PERIODÍSTICA

Hay demasiadas personas que dogmatizan y prescriben sin haber pisado la aldea del Rocío. Quizás suceda con una de cada mil personas de las que fueron algún día 'en plan guiri', de juerga y feria, y no han coexistido con los rituales, normas, costumbres y hábitos de cada Hermandad, en su fe y su condumio. Eso, distorsionado por ciertos medios de comunicación de prensa amarilla, da una imagen irreal de un atávico rito. Yo saqué tres años a la Hermandad de Granada como alcalde de carretas, al pedírmelo el hermano mayor de entonces, Antonio 'El Compadre'. No pueden imaginar la cantidad de buena gente que trabaja -la mayoría, por supuesto, desinteresadamente- como Protección Civil, Policía Municipal, Cruz Roja y Guardia Civil. Prohibimos beber por la ciudad y mantener el orden y el respeto a la ciudad y a la Blanca Paloma.

Orden de carretas

Al principio, cabían todas en la explanada del Rey Chico, pero llegó a ser un caos. No se respetaba el orden y se situaban donde querían, creándose momentos de tensión entre tractoristas y algún 'señorito'. Recuerdo aquella mañana, al alba, con mi 'walquitalqui' oficial de radioaficionado que me costó una pasta. Al llegar, ya estaba mi amigo letrado Antonio Peregín, que me llevaba en su moto especial para dirigir el trayecto. Entre cafés y churros esperamos la llegada del simpecado tras la misa de San Pedro. Subidos en sus carretas, algunos se comieron un buen bocadillo para empezar la jornada.

Llega el simpecado

Otros venían cargados de jayuyas o tortas de chicharrones del horno de la calle Sol. Caballistas y carretas comienzan el 'camino' cruzando la ciudad. Como propuse y se aceptó, no se hizo ostentación de bebidas alcohólicas o condumios hasta no despedirnos de la Patrona de Granada. Nada de palomitas ni 'sol y sombra'. Hubo cognición y tampoco se tiró nada al suelo. Aunque parezca corto, desde San Pedro al primer rengue, que ese año fue en la Azucarera de San Isidro, pasan muchas cosas: percances físicos, caballos díscolos y personas desvaídas por el madrugón y la emoción. Cruz Roja, como siempre, hizo una labor perfecta al estar interconectada con todos los medios de seguridad.

Seguridad y yantares

Este primer recorrido suele tener muchos invitados y carretas que después no hacen el camino, pero sí ocupan espacio e intendencia. Las bandejas de pastelitos se entrecruzaban con otras de jamón, ibéricos, gambas y gloria bendita. Mientras, las carretas pletóricas de yantares, disfrutaban con regocijo de la tortilla de patatas. Ya en el Camino de Purchil, las fiambreras y bandejas rebosaban filetes empanados y croquetas, fritas en la noche anterior, junto al jamón y los embutidos. Había pastelillos de López Mezquita y El Sol. Ya se podía beber. La cerveza era la reina. No éramos aún de 'fino', y el sacrílego rebujito llegó años más tarde.

Primer rengue

A las comidas del mediodía, muchas hermandades las llaman 'rengue', y aquí venía otro trabajo duro para la organización: situar las carretas para que al día siguiente pudieran partir sin contratiempos, además de disponer espacios para que los romeros bajaran sus viandas. Algunos hacían guisos, asaban sardinas, preparaban el choto a su manera y ofrecían un ambiente de cordialidad. Mientras, mis compañeros de organización se tomaban una cervecilla, pero distribuidos en diferentes posiciones y atentos a los comunicados de radio. Al tiempo que comenzaban a preparar las parrillas para asar chuletas, tocineta, chorizos y demás manjares, me percaté de que no veía a mi pequeño de cinco años.

Ángeles de la guarda

Lo comuniqué al jefe de Protección Civil, muy asustado. Aquello era una marabunta de caballos, hubo caídas. De pronto, me di cuenta de que mis compañeros dejaron el condumio y se trasmitió un CQ general (código que indica llamada) e informaron de que a 'Rocío 0' (mi nombre en código) se le había perdido su niño. «Repito: rubio, ojos azules, cuatro años y muy espabilado. QRX a todo el operativo». Silencio en radio y todos en QRV (a la escucha). Mi familia y amigos nos quedamos mudos. A los 10 minutos se oyó en la frecuencia: «CQ, CQ, el hijo de 'Rocío 0', localizado sano y salvo». Lo llevamos al centro de operaciones. Ni en plena acampada para la cena, los cuerpos de seguridad dejan en ningún momento su trabajo. Y eso hay que valorarlo mucho.

Misa del alba

El folclore quedó atrás. Los rocieros que sólo habían hecho la salida se habían recogido a su casas, con todo cuidado. Y en la acampada sonó el campanil, llamando a misa de romeros. Hay fervor, sentimientos y fe. Aun con sueño, todos acudieron a dar gracias a la Virgen del Rocío, porque un año más pudieron ir a visitarla. Tras un desayuno fuerte, con ricas tostadas de aceite de oliva virgen extra, tomate y jamón, que se codeaban con las que rezuman manteca 'colorá' o zurrapas, tronó un cohete y el alcalde de carretas comenzó a dirigir la salida hacia el Rocío. La Guardia Civil cuidaba de que el trayecto por la carretera nacional fuera seguro. En Andalucía, los que tienen fe hacen el camino cantando y compartiendo. Buen Rocío, romeros.

El camino

Cuando abandonamos el obligado tránsito por carreteras asfaltadas, la Guardia Civil se despidió con agrado de los romeros. Si ve desde su carreta a una persona caminado, sola o acompañada, con un pañuelo tapándole la nariz y boca, apenas sin hablar, cuídela. Es un peregrino. Nada piden, y algunos hacen penitencia de silencio. Beben agua, un plato de espinacas con garbanzos, y a seguir a pie y dormir bajo el simpecado. Son penitentes que, frente a la parte lúdica, cumplen una promesa. Su promesa. Pasan desapercibidos entre el bullicio. Un auténtico romero sabe distinguirlos y atenderlos.

Acampada nocturna

Llega el descanso, salvo que haya turno para cruzar el Quema o la Raya Real. Son muchas hermandades, y hay que respetar los horarios y zonas de acampada. Anochece, y la alcaldesa o alcalde de carretas disponen los vehículos; un trabajo duro tras la jornada. Cada grupo suele hacer su propia comida. Las noches del camino son frías. Siempre entona un buen guiso, un caldito con hierbabuena mientras las parrillas asan chuletas de cabezada y chorizo. Algunas carretas llevan su cocinero, que sabe lo que tiene que preparar cada día. En las más modestas, hombres y mujeres se afanan en hacer un plato caliente... Recomponen el cuerpo y le piden al alma que se arranque por un fandango, u otro cante, que rompe el silencio de la campiña mientras que el fuego de la carreta del hermano mayor es guía para aquellos que no llevan nada. Como es norma y obligación, saben que allí le darán cobijo y alimento para el cuerpo y el alma. Quien no ha hecho el camino, sabe la mitad del Rocío. Es otro universo.