Un sueño hecho vino

CARLOS MARIBONA

Hay que tener mucho valor y mucha pasión por el vino para dejar una vida acomodada en Madrid y lanzarse a la aventura de crear una bodega. Eso es lo que hicieron hace veinte años Javier Alonso y María del Yerro, quienes junto a sus hijos se trasladaron a vivir al municipio burgalés de Roa, en la Ribera del Duero. Javier y María habían comprado allí 26 hectáreas de viñedo, todo tempranillo, con una media de edad de 16 años, dispuestos a elaborar vinos que recuperaran las virtudes que dieron renombre a los primeros riberas. Se registraba en aquellos años una avalancha de nuevas bodegas acogidas a la denominación, pero la calidad media de los vinos estaba sufriendo un retroceso. Era por tanto una apuesta arriesgada.

Los Alonso del Yerro eran conscientes de que para hacer el gran vino que buscaban necesitaban asesorarse bien. Recurrieron al francés Stéphane Derenoncourt, uno de los más renombrados enólogos de Burdeos, que se enamoró del proyecto y del 'terroir' y se trasladó a Roa para hacerse cargo de la dirección técnica de la nueva bodega, cargo que ha ocupado hasta hace pocos meses. Junto a él, otro gran especialista francés, Claude Bourguignon, analizó durante años el suelo de las parcelas para lograr los mejores resultados.

En el año 2005 salía al mercado su primer vino, Alonso del Yerro 2003. El éxito fue inmediato y las 24.000 botellas desaparecieron en poco tiempo. Meses después llegaba el segundo, también de la añada 2003 pero en un escalón superior. Sólo 10.000 botellas de un ribera diferente que recuperaba las mejores esencias de la denominación, pensado para una larga guarda y que sólo se elabora en añadas excelentes.

Años después, el proyecto se extendería a Toro, con un viñedo de 80 años del que sale Paydos, apenas 5.000 botellas. Ahora, consolidado su proyecto, cumplido el sueño de hacer algunos de los mejores vinos de la Ribera del Duero, ya con el hijo mayor, Miguel, como enólogo y director general, la familia Alonso del Yerro ha celebrado los primeros veinte años de la bodega con una comida en la casa familiar de Santa Marta, construida en el centro del viñedo, que reunió a los nombres más destacados del sector.

Javier y María no sólo han logrado hacer grandes vinos, también son gente que se ha hecho querer. Algo nada fácil en un mundo tan competitivo.

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