Dimes y diretes de los sabores

Con pan y vino se hace el camino

Pan candeal y vino tinto./Ideal
Pan candeal y vino tinto. / Ideal

Por lo pronto, vendimiar. Ese proceso mágico cada vez es más respetuoso con el terreno, el clima y las maduraciones de las uvas.

PABLO AMATEGRANADA

Antaño se hacia 'tó por parejo'. Daba igual si el viñedo estaba en solana o umbría, secano o regadío, los distintos tipos de uvas y la fecha. En los viñedos particulares se avisa unos días antes a toda la parentela y una fecha concreta, salvo lluvias, se salía al campo temprano, pero con luz natural, para poder cortar los racimos.

Todos a vendimiar

Se paraba sobre las 10 para almorzar con buen pan, no el de ahora; una panceta vetada y un cántaro o una bota de vino del año anterior. Repuestas las fuerzas, a pleno sol se iban echando los racimos sobre el remolque o el carro tirado por mulos. En el fondo se ponía una lona impermeable para aprovechar el mosto que se producía al romperse muchas uvas. Caían los racimos unos sobre otros, apelmazados, y con el calor comenzaba la fermentación. Y a lo que saliera.

Hoy saben diferente

Hay personas mayores a quienes no les gustan los nuevos vinos. No conciben 'un buen caldo', nunca mejor dicho. Ese que tiene el tono oxidativo, algo túrbido. Los toneles siempre eran los mismos. No se cambiaban nunca y si había un raja, se tapaba con pez y a lo sumo, cuando estaba vacío, se metía una pajuela de azufre que servía a modo de desinfectante, dejando su peculiar olor al vino siguiente. Hace ya muchos años que dejé de acudir a las múltiples catas populares en pueblos porque los ancianos del lugar no entendían los parámetros actuales que hoy se les exigen a los vinos.

Tiempo de mostos y laboreo

Me gusta una frase cuyo autor me es desconocido: «El mejor vino no es necesariamente el más caro, sino el que se comparte». Recuerdo cuando tuve el honor de colaborar con Elena Santonja y decidió que yo fuese el representante de Granada en su exitoso programa. Cuando me preguntó por lo mejor de una comida, para mí, no lo dudé y exclamé: «La compañía». Por supuesto, sigo pensándolo. Por eso, cuando hay un vino tomado entre verdaderos amigos, incluso si es mediocre, crea un nexo báquico que con cualquier plato o guiso nos sabe a gloria. Porque para beber siempre hay que comer algo. Si sólo bebe, mala cosa la suya.

Comida callejera

Cada vez se descubren más casos de intoxicaciones alimentarias. Ahora, en Nueva York están controlando los famosos carritos de perritos calientes. Por supuesto, la primera vez que pisé la Gran Manzana compré uno, frente al Rockefeller Center. La verdad es que no me gustó, pero tenía que probarlo. Y una tarde, yendo en un taxi a las afueras de Manhattan, observé cómo iban por el arcén hacia los suburbios los carritos empujados por sus vendedores. Pedí al taxista que los siguiera y quedé aterrado al ver por dónde se metían y cómo manipulaban los perritos. Nunca he vuelto a tomar nada de esos puestos ambulantes.

Sin permisos

Poner un restaurante no requiere muchos permisos especiales de Sanidad o de otra entidad que valore la cualificación que tiene una persona para comprar y vender alimentos al público. Se exige, cada vez un poco más, que las basuras se guarden en una cámara de frío, vestuarios y lavabos para el personal, salidas de emergencia, temas anti-incendio y tipo de combustible. Ya les contaré lo que sucedió en un restaurante que usaba butano en un sótano, asunto totalmente prohibido. Estamos, por lo menos yo, conociendo el patio, cómo se manipulan los informes y muchas cosas más. Y a quienes trabajan en cocina se les pide un carnet de risa, de manipulador de alimentos que se puede conseguir por solo 5 euros y por internet. Yo compré esa oferta por internet y, sin apenas hacer nada y a distancia, me dieron el carnet oficial de manipulador de alimentos y alérgicos.

Pagar por sentarse

No son sólo los vuelos low cost los que cobran por elegir asiento. Iberia, en concreto, hace lo mismo. Y hasta los autobuses de Alsa, asunto que en su día ya indiqué. Aunque la última vez, al ser tan pocos en el bus, me pusieron delante, poniendo a las ocho personas restantes atrás. Son ganas de no agradar.

Iberia Exprés me manda una encuesta que sólo me llevará 10 minutos, dicen. Un buen rato. Hice la primera valoración y fue baja. Y ya se me ha impedido seguir. Abrí la misma encuesta con otro buscador y, presuntamente, al ponerle un 10, me dejaron continuar. Lo mismo fue una casualidad.

Tontos de capirote

Veo en televisión que unos turistas denuncian las campanas de un pueblo rural y, en USA, otra individua llamó a la policía porque le llegaba el olor a barbacoa. ¿Siempre fuimos así? No sé si recuerdan la noticia de que unos vecinos cercanos a un chiringuito le denunciaron porque les molestaba el olor de las sardinas asadas que llegaba a sus exquisita pituitaria o napias. Ya lo escribí hace semanas. No sé quien llegó antes, el chiringuito o el turista, pero si se pasa el verano en una cafetería de la calle Recogidas, seguro que no le molestarán los efluvios marineros del verano.

Belmond Reid's Palace

En nuestro recorrido por los hoteles con encanto donde me he alojado por el mundo, hoy les cuento de uno catalogado como el hotel más exclusivo de Madeira. Había salido de una grave enfermedad y mi mujer y yo decidimos perdernos en un paraje donde nadie nos conociera. Leímos y nos decidimos por Madeira debido a su profusión de flores, plantas y buenas gentes. El lujo puede tomar distintas formas según el modo en que se conciba. En el hotel Belmond Reid's Palace se transforma en historia, exclusividad y glamour, rodeados de unos bellos jardines subtropicales y del omnipresente Atlántico.

Idílicas vistas

Algunas habitaciones miran al mar y otras al jardín, pero todas se abren a un paisaje inspirador que forma parte de la experiencia que propone el Reid's Palace. Entre sus 158 habitaciones, de las cuales 35 son suites, destacan la suite Churchill, donde el político escribió sus memorias, y la George Bernard Shaw, por su amplitud, sus maderas nobles, el papel chino pintado a mano y sus enormes ventanales que van del suelo al techo. Pasear por las zonas comunes de este cinco estrellas es realizar un recorrido de más de cien años cuyo hilo conductor son sus muebles de época, sus vitrinas repletas de fotos, los libros, los recuerdos y decenas de recovecos donde lo mismo se descubre una biblioteca que un espacio para el juego o la lectura. Aun no estando alojados, se podrá disfrutar de una tarde de fascinación, aprovechando la ocasión que brinda la hora del té. Se sirve en la terraza, con vistas al mar y al puerto de Funchal, y consta de un metódico ritual donde desfilan los tés y diversas delicatessen en forma de bocados salados, dulces, bizcochos con nata y mermelada, macarons… Todo ello servido de forma ceremoniosa en una vajilla exquisita y con preciosos cubiertos. Los portugueses siempre han sido muy british.

Historia y huéspedes de lujo

Este hotel abrió sus puertas en 1891 gracias al tesón de Williams Reid, un escocés que llegó a Madeira con 14 años, buscando un clima templado para su salud. Tras desempeñar varios oficios, entre ellos el de panadero, entró en el sector de la hostelería con su mujer, Margaret Dewey. Su sueño era crear un gran hotel con jardines tropicales y sus hijos lo cumplieron. Una de sus primeras huéspedes fue la emperatriz Elisabeth I de Austria, a la que siguieron miembros de la familia real británica... y Mariano Rajoy, con quien coincidimos. Iba con otro matrimonio, ambos con sus hijos, y en las noches en la terraza nos admitieron como tertulianos. Jamás le dije en qué trabajaba y ésta es la primera y única vez que lo haré.