Galdós supo escribir con la voz de la gente corriente, la que come puchero.

¿Por qué le llamaban 'el garbancero' a Benito Pérez Galdós?

En el centenario de su muerte recordamos cómo el escritor canario utilizó con maestría la comida (y en especial el cocido) para describir a sus personajes

ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEA Madrid

Madrileños, ha muerto Galdós, el genio que llenó de gloria la literatura a través de las asombrosas creaciones de su pluma […] Se pide a aquellos que lo admiraron durante su vida que acudan al ayuntamiento para rendirle un último adiós. Semejante tributo de duelo le gustaría, dado que siempre le gustó la sencillez». Así comunicó a sus vecinos el alcalde de Madrid la noticia del fallecimiento de Benito Pérez Galdós y así les conminó a honrarlo, visitando la capilla ardiente dispuesta especialmente en el consistorio. Claro que los madrileños no necesitaron bandos ni comunicados públicos para enterarse de la muerte del escritor, y tampoco para animarse a presentarle sus respetos. Esa misma noche del 4 de enero de 1920 todos los teatros de la capital cerraron en señal de duelo y al día siguiente, a las siete de la mañana, una muchedumbre llenaba ya la Plaza de la Villa.

Ni las cifras (30.000 personas) ni las características del sepelio (casi un funeral de Estado) fueron acordes a aquella sencillez galdosiana a la que había apelado el regidor madrileño, pero sí que fueron en su mayoría simples y llanas las personas que acompañaron al cadáver hasta el cementerio de La Almudena. Artesanos, modistas, menestrales, verduleras, obreros, lavanderas… Lectores devotos todos del autor de los 'Episodios nacionales', de 'Fortunata y Jacinta', de 'Misericordia', de 'Marianela' y de tantas y tantas otras obras en las que Galdós había contado vidas parecidas a las suyas, haciendo protagonistas a personajes que hablaban como ellos, sentían como ellos y comían también como ellos. El novelista canario supo escribir con la voz del pueblo y acercarse de una manera nunca vista, por lo objetiva y realista, a la España auténtica. La de las estrecheces a principios, mediados y finales de mes, la que olía a chocolate barato, a lejía y por supuesto a cocido. La afición de Pérez Galdós a hablar de la gente corriente –ésa que comía puchero todos los días– le valió el sobrenombre de don Benito 'el Garbancero', apodo que recibió de manos de Ramón del Valle-Inclán y sus 'Luces de bohemia' en 1924.

Cuatro años después de la muerte del genio de Las Palmas, Valle-Inclán puso en boca de los jovencitos modernistas de su esperpento aquello de «precisamente ahora está vacante el sillón de don Benito el Garbancero». Y no se imaginan ustedes la cola que ha traído este dichoso mote. En 'Luces de bohemia' suelta esta perla Dorio de Gádex, trasunto valleinclanesco de un homónimo novelista, de muchas ínfulas y poca fortuna, que existió en la vida real. Hay quien cree que el apodo garbancil era cosa común entre los escritorzuelos envidiosos de la fama de Galdós, otros piensan que fue un acto de despecho porque el Teatro Español (del que era director el canario) había rechazado en 1912 estrenar una obra de Valle, hecho que produjo bastante polémica y el distanciamiento personal entre los dos autores. En realidad, Valle-Inclán admiró siempre a Galdós y en 1933 aún dijo que había sido «un creador de idioma», pero está claro que lo de garbancero no iba en plan lisonjero.

De haber escuchado don Benito este alias es posible que le hubiese molestado la intención, pero no la palabra. El garbanzo es el ingrediente básico del cocido, y cocido era lo que comían todos los días los españoles de a pie en vida de Galdós (1843-1920). Más o menos espléndido, con muchas carnes o sólo una triste col, el puchero en todas sus variantes regionales aparece en la obra galdosiana como lo que era: el condumio que sustentaba diariamente desde al pobre de solemnidad hasta al burgués castizo. Sota, caballo y rey –o lo que es lo mismo, sopa, legumbres y sacramentos– eran el elemento transversal de una España que normalmente se limitaba a soñar con comer más y mejor, y Galdós supo describir a ese país garbancero mejor que nadie.

En 'Ángel Guerra' (1891) dejó caer que la olla nacional había sido «compañera de la raza en todo el curso de la historia» y en 'Fortunata y Jacinta' (1887), que el garbanzo «resiste a todas las modas del comer».

Los personajes de don Benito aprendían a contar usando garbanzos o judías, se deslomaban trabajando «para defender el garbanzo» o reflexionaban mientras ponían los ídem a remojo. En 'De Oñate a la Granja' (1898), el protagonista Fernando Calpena se embaulaba en Laguardia (Álava) un cocido cuya «carne de cebón y aditamentos cerdosos dábanle poder para resucitar a un muerto», mientras que en otras novelas de los 'Episodios nacionales' el puchero de caldo flaco y garbanzo duro sirvió para representar los apuros de un país en guerra.

El cocido como símbolo

Maestro de la novela realista, Galdós supo identificar a la perfección los rasgos de la sociedad española de su época y utilizar elementos cotidianos para pintarla de un plumazo. Entonces igual que ahora la alimentación (qué se come, cuánto y cómo) decía mucho sobre la clase sociocultural o las inclinaciones de una persona y el escritor canario usó profusamente la comida como elemento descriptor. Vean si no el principio de su novela 'El amigo Manso', de 1882, en el que el intelectual Máximo Manso se presenta como hombre de buena salud y mejor apetito diciendo que «no soy gastrónomo; no entiendo palotada de refinados manjares ni de rarezas de cocina. Todo lo que me ponen delante me lo como, sin preguntar al plato su abolengo ni escudriñar sus componentes; y en punto a preferencias, sólo tengo una que declaro sinceramente aunque se refiere a cosa ordinaria, el cicer arietinum, que en romance llamamos garbanzo, y que, según enfadosos higienistas, es comida indigesta. Si lo es, yo no lo he notado nunca. Estas deliciosas bolitas de carne vegetal no tienen, en opinión de mi paladar, que es para mí de gran autoridad, sustitución posible, y no me consolaría de perderlas».

Sabía Galdós de sobra que el amor por el cocido era visto como algo vulgar y poco afín «a los delicados gustos de la sociedad reformista», pero a pesar de ello (o precisamente por eso) puso a muchos de sus héroes de garbanceros para arriba. Él mismo fue durante toda su vida un amante abnegado del puchero canario que, cómo no, lleva también garbanzos. Aprovechando el centenario de la muerte de don Benito hablaremos aquí otro día de sus páginas gastronómicas o de su fidelidad a la cocina isleña, pero por ahora proclámense todos ustedes garbanceros de pro y recuerden que como se lee en 'Misericordia' (1897), el bien más grande de nuestros cuerpos es el hambre santísima.