Juan Luis Moreno, propietario de La Cabaña del Río, un bar en Granada capital. / IDEAL

Con nombre propio | Juan Luis Moreno El hostelero «de pueblo» que triunfa con su cabaña en Granada

Juan Luis Moreno dirige La Cabaña del Río, un bar en Granada capital con una gran terraza que lleva funcionando desde 1995

ALBERTO FLORES

La ciudad de Granada no es un territorio fácil para la hostelería, ni mucho menos. La competencia es voraz, con varios bares en cada manzana, y la oferta gastronómica es enorme. Por ello, que un negocio de este tipo sea capaz de sumar prácticamente tres décadas de trayectoria no es tan habitual, ni mucho menos. Aunque si se hacen las cosas como en La Cabaña del Río, las opciones aumentan de forma considerable. Se trata de un bar en la calle Albahaca, muy cerca del río Genil, que abre prácticamente todos los días desde 1995. «Un bar de pueblo en plena Granada», según explica Juan Luis Moreno, propietario del establecimiento que casi vive en él para asegurarse de que todo sale como debería.

«Digo que somos un bar de pueblo porque intento que trabajemos con cierta familiaridad para ofrecer un buen trato a nuestros clientes de barrio, que suelen ser los mismos siempre», explica. Y es que aquí lo normal es que te llamen por tu nombre y que no te traten como a un cliente más, sino que hagan todo lo posible para que te sientas como en casa. «Los empleados llevan mucho tiempo con nosotros, más de 20 años, y eso también ayuda a crear un ambiente en el que todos estén más cómodos». Algo que Juan Luis puede asegurar tras 26 años y medio al frente de La Cabaña del Río, que cuenta con 7 trabajadores y ha vivido ya cuatro ampliaciones desde su apertura.

Tener su propio bar siempre había sido su sueño: «Me viene desde pequeñito. Con 5 años ponía una tabla y jugaba a decir que eso era mi bar y si me preguntaban que quería ser de mayor siempre decía lo mismo, tener un bar». Y, decidido a cumplir con él, comenzó a relacionarse con la hostelería y la restauración desde joven. Estudiaba Derecho mientras los fines de semana se marchaba al Pantano de los Bermejales a echar una mano en un mesón familiar junto a su madre y sus hermanos. «Elegí Derecho porque quería tener la capacidad de gestionar un negocio siendo objetivo y con la mente abierta, saber algo de control y contabilidad», reconoce. Tras su etapa en el negocio familiar trabajó en muchos establecimientos de hostelería diferentes ya en la capital, «haciendo prácticamente de todo» para que el día en el que montara su propio negocio pudiera tener todo bajo control.

Fue el 20 de octubre del 95 cuando por fin su sueño se hizo realidad. Una espera larga pero que, sin duda, mereció la pena. «No me importaba si tardaba más o menos, mi objetivo era ese y no tenía prisa por llegar a la meta». Los inicios, como suele ser habitual, no fueron fáciles. Sin embargo, pasados unos meses todo empezó a ir rodado y tras dos años pudo comprar el local en el que había montado su bar. El éxito fue tal que a los dos años compró otro local justo al lado y realizó la primera ampliación. Y así hasta ahora, ya que el ritmo de trabajo nunca se ha visto frenado desde entonces.

El secreto de su éxito, además de ese alma de bar de pueblo que le acompaña, no es otro que el trabajo: «Yo siempre digo que vivo en La Cabaña, a casa solo voy para dormir. He trabajado muchísimas horas y gracias a Dios la suerte me ha acompañado con mi negocio y he conseguido encajar». Su última ampliación tuvo lugar en 2016 y ahora, con la pandemia de por medio, su objetivo continúa siendo el mismo de siempre: dar un buen servicio a sus clientes e intentar mantenerse en la cresta de la ola. «A mi me preocupa el bienestar de la gente que viene al bar, intento no subir los precios aunque ahora todo esté más caro porque creo que no es el momento de aumentar los precios. Nos gusta premiar al cliente que viene siempre».

Por este motivo, y tras los grandes sacrificios que ha tenido que hacer para que La Cabaña del Río sea un éxito, lo único que quiere es «no perder a nuestros clientes ni nuestras señas de identidad», además de «valorar lo que tengo». «Al final me paso el día aquí y he tenido que hacer muchos sacrificios con la familia porque el negocio necesita de muchas horas para que todo estuviera bien apuntalado», reconoce. Un duro trabajo para conseguir alcanzar su sueño y que le permite estar satisfecho: «No me importa mucho la riqueza, sino hacer las cosas bien hechas y con seguridad».

Una cerveza al sol

De su bar, Juan Luis señala que disponen de una gran terraza «con mucho sol» y que su ubicación es «lo más importante». De hecho, en torno a las 13:00 horas ya no suele quedar ninguna mesa libre. «Podemos dar de comer a cerca de 150 personas, unas 80 en la terraza y sobre 70 en el comedor interior», explica el hostelero, que reconoce que poder tomarse una cerveza o un refresco sentado al sol es una de las cosas que más valoran sus clientes. En cuanto a su propuesta gastronómica, más allá de tapas y raciones, destaca las migas y el arroz que suelen preparar los fines de semana: «Gustan mucho, siempre se acaba todo».